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martes, 14 de diciembre de 2021

Área blanca

 





Área blanca

                                                                     Ramón Cortez Cabello

 

― ¡Oiga esta es un área estéril! ―dijo Carlotita.

    ― ¡Cállate culera!, o te carga la verga ―respondió uno de los sicarios.

   “El pedo no es con ustedes, dijo el otro, pónganse junto a la pared y nada les pasará.” Quise decir algo, pero el tipo me atajó: “Usted ya hizo su trabajo, ahora yo haré el mío”. No dije más, es difícil hacerlo cuando te apunta una metralleta. Fui a reunirme con las doctoras y enfermeras, pretendí no tener miedo cuando les dije: “Tranquilas, todo va a estar bien”. Los pistoleros se acercaron a la mesa de operaciones y con sus cuernos de chivo le volaron la cabeza al paciente que operábamos.

   Después me enteré que había otros matones en recuperación, que otros tomaron el área de urgencias y que el operativo duro pocos minutos. Puedo decir que a mi paciente lo mataron dos veces. Llegó sin signos vitales al hospital, le dimos reanimación cardiopulmonar y, luego de tres horas de operación, habíamos cerrado una lesión de vena cava, extirpado el riñón derecho y reparado el hígado, cerrábamos piel cuando llegaron los sicarios. La última tensión arterial estaba en 110/70. El baleado no iba a morirse, al menos no en cirugía y era probable sobreviviera: se salvó de los tiros que le dieron en la calle, pero no de los recibidos en quirófano.

Es impactante ver cómo matan a alguien a corta distancia. Ya luego pensé en la estupidez de querer razonar con sujetos armados. Por fortuna aquellos tipos sólo mataron a su objetivo y no a quienes hicimos alguna pendejada. Tiempo después nos reímos mucho de Carlotita, sólo a ella se le ocurre regañarlos por no traer ropa estéril. 
 



miércoles, 29 de mayo de 2019

Programa de cocina.




Programa de cocina.
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.

    La joven daba los últimos bocados al arroz burdamente cocinado, había en sus ojos un brillo de satisfacción que embellecía su rostro. El director del programa preguntó algo que parecía obvio:
   ― ¿Estás satisfecha?
   ―Sí ―respondió ella.
   El entrevistador fue más allá:
   ― ¿Eres feliz?
   ―Sí, claro.
   ― ¿Por qué? ―Quiso saber el hombre.
   ―Bueno, tengo trabajo, gano dinero para mis cosas. En un rato más iré a dormir a casa. Creo no puede pedirse más. Además tengo sueños…
   ― ¿Sí? ¿Cuáles son esos sueños?
   ―Ser multimillonaria, ―respondió.
   En la escena final la vemos perderse entre el tráfico, la acompaña una soledad empecinada. Aunque deseas que cumpla sus sueños, sabes que es casi imposible. Para la joven prostituta, que apenas saca para malcomer y drogarse, las únicas que parecen cumplirse son sus pesadillas. Te muerde el corazón oírla decir que irá a dormir a casa; sabes que vive en un cementerio en el centro de Freetown, que su cama es una tumba y que desde su niñez, cuando era combatiente en la guerra civil de Liberia, su única compañía ha sido la desgracia.  

   Luego de ver el capítulo uno del programa japonés, Informe gourmet hiperduro, te convences de que si la vida es una mierda, los sueños ayudan a hacerla más tolerable. 

miércoles, 6 de febrero de 2019

Zombis

                                                         

                                                                        


                                                                             Zombis
                                                                                                    Por Ramón Cortez Cabello.
   Los zombis no duran mucho, su “vida”, por llamarla así, es corta. Tienen tejidos que se desgastan rápido, se lesionan con facilidad y no cicatrizan. Además, sus órganos más durables, los huesos, requieren músculos para moverse. Ya es malo ver muertos caminando por doquier, si se movieran sin ligamentos sería como vivir en un grabado de Posada: rodeados de esqueletos ambulantes.
   Volviendo a la “vida y muerte” de estos seres, lo que más se les estropea son las piernas, al rompérseles algún tendón o por desgaste muscular. Cojera y pasos vacilantes no son pose para asustar, en realidad no pueden caminar bien. Cuando ambas piernas se deterioran, es el principio del fin para ellos. También sus brazos se inutilizan con frecuencia. Lo último que se les daña es la boca que, por otra parte, es su parte más rápida.
   Puede reconocerse a un zombi “joven” por su rapidez; los “viejos”, es decir los que llevan más tiempo siendo zombis, apenas pueden moverse. Hay ancianos-zombis que corren como atletas y adolescentes-zombis que apenas se mueven. Puede ser más letal una ancianita que un tipo enorme de fiero aspecto, todo depende de la movilidad. Por cierto, los ancianos son el único caso donde el que pasa de vivo a zombi mejora su condición física: al menos se mueven mejor.
   Un rasgo que quizás les viene de su pasado humano es el afán por subsistir. He visto zombis arrastrarse con una sola mano y dejar embarrados en el asfalto trozos de piel, músculos y vísceras. Hay que decirlo, no por moverse lento dejan de ser peligrosos. Un amigo mío eludió una turba de ágiles zombis y, cuando ya se  pensaba a salvo, fue atrapado y muerto por un espécimen decrépito que yacía en el piso. A aquel engendro le bastaron sus brazos y ávida boca para comerse enterito a mi camarada.

  Nos dimos cuenta que los cuervos hostigan a los muertos vivientes buscando comer su carne. Por eso empezamos a criar cuervos como si de gallinas se tratara. Cuando las aves crecieron las llevamos cerca de donde había zombis, la idea era acelerar la descarnadura de estos. No era mal plan, sin embargo no funcionó. Dos cosas fueron evidentes. Uno: las aves criadas en cautiverio no tenían la habilidad de las nacidas libres. Hasta el zombi más torpe las atrapaba y engullía. Dos: estos emplumados causaban más perjuicios a vivos que a muertos. Como decía el Filosofo de Güemez: “Cría cuervos y tendrás muchos”. 

viernes, 29 de julio de 2016

La profecía







La profecía
                                                                                         Por Ramón Cortez Cabello
  ― ¿Revista o periódico, jefe?
  ― Periódico.
  ―Mejor le doy la revista… Así sabrá qué día se acaba el mundo.
   La revista de chismes estaba abierta en una página donde destacaba un encabezado: “El mundo se acabará el 29 de julio del 2016”. El hombre leyó rápido la nota y, sonriendo, dijo:
  ― ¿Mañana?
  ― Si, jefe.
  ― ¿Entonces ya para qué me boleó?
  ― No, jefe. Los zapatos hay que traerlos presentables hasta el final.
   Aunque la opinión del bolero era interesada, el cliente estuvo de acuerdo en que eran ciertas sus palabras.
  ―Fíjese que a los viejitos que se sientan en esa banca les enseñé la misma nota y luego lueguito se fueron, bien asustados.
  ― ¿Y a dónde se fueron? ¿Al rancho?

  ― Fueron a confesarse, ¿usted cree?

lunes, 25 de julio de 2016

Rebaño.





Rebaño
   Ayer atrapé una historia, fue fácil estaba distraída. Es pequeña entrañable y no busca ser obra maestra. Falta pulirla, resaltar su belleza, darle una estructura de modo que, al ser leída, luzca agradable y natural. Lograr que para el lector sea como agua fresca en boca del sediento y que paladee cada palabra como si de un manjar se tratara. Sueño con que quienes disfruten de ella la atesoren cariñosos. Antes debo darle coherencia y verosimilitud. Quitar lo superfluo, sea adorno o mancha indeseable para que sea bella sin afectación.
   Ahora es linda pero inocente, víctima fácil de críticos que le buscarán defectos que evidencien la torpeza de su autor. La dejaré ir cuando pueda defenderse sola. Ese día, el de su publicación, llegará pronto, es cosa de que capture algo del huidizo talento que anda suelto por el mundo. En tanto seguirá pastando junto a mis otras historias, no se sentirá sola, son más numerosas que el ganado de Gerión.  

Sueño de escritor








Sueño de escritor

   De la pluma fuente brotó una cascada de letras, una a una, una tras otra, torrentes de ellas formaron un lago de palabras que llenó por completo la página en blanco. El nivel de las palabras, de la laguna que las contenía, fue aumentando hasta sumergir en su líquida superficie mis manos. Por un momento escuché el rumor de las olas de palabras que ya cubrían mis brazos. En un instante me vi cubierto por la sopa de letras, no podía respirar, se atoraba en mi nariz una gran cantidad de letras A, A de ahogo, A de asfixia y de angustia. Sentí que moría bajo el caudal inmenso de mi creatividad, algo bello había en esa fatalidad. La habría preferido a la verdad prosaica de verme despertado por la gotera tenaz que caía en mi rostro.

jueves, 26 de mayo de 2016

El ritual









Ritual
                                                         Por Ramón Cortez Cabello

No hay nada por muy inocente que sea en lo que no puedan introducir los hombres el crimen; ni arte por muy sano que sea cuyas intenciones no sean capaces de trastocar; ni nada tan bueno en sí que no puedan orientar hacia fines perversos.
                                                                                                                   Moliére.


   Se siente cautivo dentro de su cuerpo, sus ojos obedecen pero no ve gran cosa, está deslumbrado. No oye, no puede hablar. Boca arriba, colocados los brazos sobre unos soportes laterales está crucificado. Alcanza a verse el ombligo,  parte del costado y muslo izquierdo. Cuando trata de cubrir su desnudez comprueba que está inmóvil.  Poco a poco se acostumbra a la luminosidad que viene de lo alto; no recuerda nada, ni su nombre ni el de las cosas que mira. Es su campo visual reducido proscenio en el que actúan varios personajes. Sus parpados, cual pesados telones, caen haciéndole perder la secuencia.
   Los sujetos visten trajes oscuros que dejan ver antebrazos, cuello y parte del tórax. Se cubren el rostro con una máscara que sólo deja ver sus ojos. Una mujer delgada es la que más veces pasa ante él, tiene ojos oblicuos rodeados de arrugas. Siempre trae en las manos algún objeto.
   Siente que su conciencia se oscurece de nuevo, teme no despertar.
   Cuando vuelve en sí observa siempre lo mismo: una ventana que interrumpe la fría pared blanca y, cerca de ella, una puerta que no promete libertad, una salida que conduce a la oscuridad. Esta vez advierte la presencia de una mujer que, de espaldas a él, en una mesa cubierta por un lienzo verde, alista diversos artefactos. “Van a torturarme”, piensa, infiriendo el uso de aquellos objetos. Hay clavos de diferente tamaño y grosor, un pequeño mazo que ni pintado para aplastar testículos. Se estremece, ¿para qué son esos cuchillos? rebanarían cual zanahoria sus dedos o pene. Al ver un taladro de gran broca renuncia a buscar una aplicación posible. No puede ver los ojos de la mujer pero los imagina crueles, despiadados. La odia. Se siente flotar en un aire gélido. Sabe que no está soñando.
   Cuando aparecen dos tipos su inquietud aumenta. Uno de ellos, el de baja estatura, mueve los brazos, iracundo. El otro, joven y corpulento, tiene gacha la cabeza. Por un momento compadece al gordo, luego comprende que es absurdo sentir lástima por uno de sus verdugos. Cuando el hombre pequeño lo mira y señala con el dedo siente un brinco en el corazón. El joven, antes humillado y servil, se dirige hacia él lleva un cuchillo en la mano, se le acerca con resolución. Quiere gritar pero no puede. Piensa, por los movimientos bruscos del joven, que va a abrirlo en canal, sin embargo, en su abdomen sólo queda el trazo de una raya vertical cruzada por otras más pequeñas. Una fina línea roja indica que su piel apenas fue tocada, que un rasguño era más profundo. No hubo dolor.
   Desaparece el sopor, su respiración se agita. La mujer delgada de ojos arrugados le unge el vientre con una pócima negra y viscosa.
   Trata de recordar quién es, qué fue lo que precedió a este momento: no lo consigue. Observa que la espalda de la mujer de los cuchillos se tensa, está en trance. A través de la ventana observa a los dos hombres hacerse abluciones en manos y brazos. El corazón quiere salírsele del pecho.
   Una mujer de bellos ojos completa el grupo. Está atrás de él, en la cabecera. Su gesto, de secarle el sudor de la frente, indica que no es como los otros. No temas, será rápido y sin dolor ―dice―. Aquella voz congela sus oídos. Volver a escuchar no lo hace feliz.
   Los hombres, enfundados en una túnica ritual, lo cubren con lienzos oscuros; sólo el signo trazado en el vientre queda expuesto. Por fin observa de frente a la mujer de los cuchillos. No se equivocó: tiene mirada perversa y brilla en sus manos la hoja de un puñal.
   Un pedazo de tela cae en su rostro, la negrura insondable sustituye al resplandor cenital. Los latidos de su corazón apenas lo dejan oír. Escucha frases antiguas que parecen nuevas, como si se pronunciaran por vez primera.
  ― ¿Puedo iniciar? ―pregunta una voz grave en la que tiembla el enfado.

  ―Adelante, ya puede empezar ―responde la mujer de voz glacial.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Tweets del Dr. Galeno.


                                     Tweets.
                                             Por Ramón Cortez Cabello.

   De noche se sintió solo. Cuando llegaron sus amigos, no eran tantos como las estrellas. Pero si cálidos y luminosos. Ya no sintió soledad.
                                           *
   Mata al más alto, fue la orden. De lejos no sabía quién era el de mayor estatura, dudaba. No quiso batallar: los mató a todos.
                                           *

Poe
Usó plumas de ángel caído y sangre de unicornio fue su tinta. ¿Cómo no iban a ser extraordinarias sus narraciones?
                                           *

                          Lo bueno de lo breve. 
   Hay minificciones a las que ni su extensión salva de ser maxi-aburridas.
                                       *

                           Telenovela siglo XXI
―Debo confesarlo: Jairo Alexander no es tu padre…
―Pero… ¿Qué dices mamá?
―…Tu padre soy yo.
                                          *

                           El archivo

El colmo de una funeraria es tener un archivo muerto.
                                      *
El radio empezó a sonar, trajo melodías color sepia y con ellas recuerdos de tiempos mejores. De inmediato me sentí mejor.

                                     *
   Lo vi de lejos, iba encorvado; qué amolado está, pensé. Cuando lo tuve cerca y gritó: ¡ánimo!, supe que yo estaba más fregado.

martes, 20 de octubre de 2015

Un maestro.













Un maestro.
                                                                                                      Por Ramón Cortez Cabello
   Tendría poco más de cuarenta años, era muy moreno y a duras penas llegaría al uno sesenta de estatura. A finales de los setenta llevaba largo el pelo entrecano. Lo recuerdo vistiendo gastados pantalones de mezclilla azul, camisa clara a rayas y un saco deportivo oscuro que, para el calor tamaulipeco, significaba una osadía. Bajo el brazo llevaba un legajo del cual siempre amenazaban con volar las hojas desparpajadas contenidas en el fólder. También cargaba muchos libros de diverso tamaño y grosor, siempre viejos y de portadas marchitas. Parecía más alto y fornido de lo que era y sin duda se sentía satisfecho de su aspecto. Era jovial y se dirigía a los alumnos con la blandura de quien sabe que las letras con alegría entran. Más inoculaba el germen bueno de la literatura siendo cómplice entusiasta en el recorrido de libros y autores, que guiando las lecturas de sus discípulos.
   Le decíamos Quetzalcóatl porque esa palabra era lo bastante indígena como para enfatizar su origen étnico. Ignoro si quien le adjudicó el apodo conocía la historia de la deidad, pero de lo que sí estoy seguro es de que él, “nuestra” Serpiente emplumada, sí la sabía y habría estado orgulloso de llevar por nombre aquel mote.

   Nunca supe cómo se llamaba en realidad aquel maestro de español de la prepa uno de Nuevo Laredo, pero para mí siempre será Quetzalcóatl. 

sábado, 30 de mayo de 2015

Cuentos en corto: 3.









El jardín
                                                               Por Ramón Cortez Cabello.

      Pasto recién cortado, oloroso, parejo cómo paño de mesa de billar. Cipreses en espiral intentando llegar al cielo. Setos de agudos ángulos forman laberintos donde se pierde la esperanza. Unas dalias están prisioneras en pequeños rombos de terreno; hay rosales colmados de flores tristes, en el follaje de los arbustos están esculpidas las figuras de animales temerosos.

   Un jardín, para las plantas, puede ser una sala de tortura. 

sábado, 2 de mayo de 2015





CUENTOS EN CORTO.
                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello

   Bajo el título precedente inicié el pasado treinta de abril la publicación de unos pequeños y ambiciosos textos. Se trata de líneas breves que pretenden ser cuentos. Oraciones toscamente hiladas que aspiran a poseer algún mérito para merecer la lectura cómplice e indulgente. Aquí les comparto el segundo de la serie.








Damocles

   El palacio  descubierto en Siracusa estaba bien conservado. En la estancia real señoreaba el trono; encima del techo colgaba una espada sujeta por un cordel. Mientras Harper  descifraba las palabras grabadas en el sitial, los demás arqueólogos veían el acero oscilante.
 ― “D…, empezó a leer el investigador,  ¿Dionisio?”...  ―aventuraba el explorador cuando la hoja cayó atravesándolo lado a lado.

   Tiempo después los colegas del difunto se asombraron al descifrar la inscripción en el trono: Damian Harper.

jueves, 30 de abril de 2015

La ejecución.






La ejecución
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
   Serrano estaba todo quemado, de las flictenas de su piel salía vapor blanco. Aunque siempre fue bravo, no pudo ayudar a sus camaradas. Sólo esperaba el final.
   Lechuga fue zambutido en un tambo con agua. Lo sacaron después de un rato; mejor ahí se hubiera quedado: a cuchilladas lo hicieron pedacitos. También pepenaron a su amiga, la que presumía de estar bien parada. A tirones le arrancaron la melena, la desollaron y la cortaron en pedazos… pedazos muy pequeños. ¡Pobre zanahoria!

   Bien lo decía mi madre: ¡Dios te libre, Brocolito, de caer en manos de un vegetariano! 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La buena acción. (Texto incluido en el libro, Primeras armas (IMCS, 2007)







La buena acción
                                                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
    Descubrió que el calor disminuye el número de peatones pero aumenta la compasión, que hay más limosna cuando se es el único mendigo de la calle.
   La cercanía de unos pasos enérgicos aumentó el tono dolorido de sus ruegos.
  ― ¡Una ayudita, socorra a este inválido!
   El tintineo de una moneda lo alegró; el bote ya no estaba solo.
  ― ¡Gracias, gracias, Diosito le dé más!
   Al no escuchar las botas alejándose, imaginó al hombre viéndolo con lástima.
  ― ¡Ay señor! Que triste vida me tocó, no sólo no tengo piernas, también soy ciego…
  ― ¡Además es ciego!
   La voz áspera tenía un dejo de ternura; la mano incrédula formó una brisa al pasar repetidamente  ante su rostro.
 ― Si señor, de los dos ojos ―remachó.
   El sonido de unas monedas al caer recompensó la confidencia.
  ― ¡Uta! Se las ha visto negras, Don.
  ―Por culpa del azúcar, primero me mocharon una pierna, luego otra. Creí que no podía ser peor, pero quedé ciego y me dejaron mi esposa y mis hijos, desde entonces estoy solo, pidiendo caridad.
  ― ¡Que cabrones!...
  Su mano fue confortada por la caricia de un billete, lo mareó el olor a loción cara. La voz ruda se volvió susurro indignado.
  ― ¡Mire!… digo, oiga, voy de prisa pero si puedo ayudarlo en algo, nomás dígame.
  ― ¡Sólo Dios podría acabar con mis sufrimientos para siempre!
 ―Cierto, pero ¿sabe qué?… Diosito ya lo oyó.
   Lo último que escuchó después de los disparos, fue el eco de unos pasos alejándose.



Texto aparecido en el libro: Primeras armas (IMCS, 2007)

miércoles, 18 de junio de 2014

Día de la enfermera












                                                                                                           Ramón Cortez Cabello.

El Creador repartía dones a varias mujeres; cada una oía sus palabras y dejaba el lugar a la siguiente. Probidad, fortaleza y saber… Aplomo, sacrificio y cordialidad… Entereza, ingenio y disposición
   Quedaban sólo dos mujeres, cuando un ángel preguntó: ¿Qué haces, Señor?  
  ― Estoy creando a las enfermeras y les doy cualidades según su procedencia –contestó Dios sin interrumpir su labor-. Compasión, destreza, gracia, pericia, aplomo, tenacidad, honradez, belleza, ingenio, cordialidad y abnegación.
   Al notar que daba más dones a la penúltima, dijo el ángel: Cuando creaste los países, fuiste muy generoso con México. ¿Me equivoco si pienso que la enfermera que acabas de formar es la de ese país?
  ―No te equivocas, ella es la enfermera mexicana.
   El señor siguió trabajando: Dulzura, ingenio, bondad, belleza, compasión, tenacidad, sacrificio, pericia, serenidad, calidez, temple, experiencia, generosidad, diplomacia, talento, afecto, limpieza, probidad, inteligencia, paciencia, belleza, aplomo, integridad, constancia, tenacidad, fortaleza, paciencia y calidad.
   Al retirarse la última, el ángel preguntó: Y esta, ¿a qué país va?
  ―A México, hijo mío.
  ―Pero… ya mandaste una, ¿por qué también envías a la que has dado más virtudes?
  ―Es que a ésta enfermera la envío directo al IMSS; ahí solo aceptan a las mejores.

lunes, 16 de junio de 2014

El sellador




                                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello.
    El hombre respiraba con dificultad; un balazo había perforado su pulmón derecho. Postrado en la camilla, miraba temeroso hacia la puerta; un hospital no es garantía de seguridad. La estática de los radios de comunicación de los judiciales y el ruido en la sala de espera no lo ayudaban a tranquilizarse.
   Hasta el rostro apacible de la enfermera inquietó al herido, su sonrisa parecía ajena al entorno, la superposición de una imagen pacifica en medio del caos.
 ―Listo doctor –dijo la mujer al terminar de lavar el tórax lesionado.
 ―Gracias Dulce.
   El Doctor Alfonso Rosales respondió distraído, sus manos enguantadas alistaban los instrumentos. En la pequeña mesa al lado del herido, sobre una tela verde, descansaban un grueso tubo transparente, el bisturí, varias pinzas y una jeringa cargada con lidocaína.
  ― ¿Dónde te balacearon? Inquirió el cirujano mientras inyectaba el anestésico en las costillas inferiores del herido.
 ―En el paseo colón –dijo con un gemido.
  ― ¿Cuántos eran?
  ―Cómo diez batos; iban en tres camionetas.
  ― ¿De cuáles camionetas?
  ―Suburbans...
  ― ¿De qué color? -Rosales interrumpió su labor.
 ―No se…negras, verdes a lo mejor.
  ― ¿Qué le hiciste a esa gente?
  ―Nada, yo nomás iba pasando.
   Con el bisturí el médico realizó una pequeña incisión, encima de la sexta costilla, un hilillo rojo contrastó con el amarillo que el yodo dejó en la piel.
  ―..Y tú ¿qué carro traes? Interrogó mientras apuntaba una pinza en la herida recién hecha.
  ―Una Cherokee roja.
   El cirujano empujó la pinza hasta perforar la pared torácica; la sangre fluyó burbujeante, el grito del herido opacó el ruido de los radios. El doctor introdujo el tubo en el orificio recién hecho, de inmediato se tiñó de rojo. Después de fijarlo con esparadrapo, lo conectó a una caja cuadrada de plástico, de esta salía una manguera que ajustó a un conector  saliente de la pared, bajo esa entrada podía leerse: “vacío”.
   Tiempo después, el herido diría que le dolió más este procedimiento que el balazo.
―Ya pueden llevarlo a piso, mucho cuidado con el sello de agua -indicó el médico.
   Aún no se descalzaba los guantes, cuando Dulce le avisó del ingreso de otro herido de bala.
   El hombre de la camilla veía incrédulo la actividad en torno suyo. Una enfermera tomaba su presión, mientras otra le extraía sangre y una más tijereteaba con habilidad la ropa dejándolo desnudo. Lo colocaron un momento sobre el lado derecho y examinaron su espalda: “Tiene dos balazos en abdomen y está hipotenso, ya va para quirófano.” –Informó el Doctor Reyes que dirigía las maniobras.
  ― ¿En qué carro venías? –preguntó Rosales.
  ―Una Navigator…-contestó el hombre; sus ojos perdían brillo.
  ― ¿De qué color?
  ―Blanca…
   Fue lo último que dijo antes de quedar inconsciente. Murió en quirófano, un  agujero en la vena cava dejó escapar su vida.
  Al Doctor Heriberto Reyes le extrañó la primera ocasión, pero al escuchar a su colega preguntar otra vez: “¿Qué carro traías?”  Comprendió que algo raro pasaba; sabía que conocer el auto en que viajaban los balaceados no mejora su pronóstico.
   Al terminar el turno, mientras se dirigían al estacionamiento, Reyes preguntó cómo al descuido: “¿Andas comprando carro?”
―No… ¿por qué? –se extrañó Rosales.
  ―Es que traes el coche de tu esposa. Si quieres te vendo la  “Seburlan” –dijo Reyes mientras señalaba su vieja camioneta.
 ―Está buena la troca, pero no estoy buscando mueble.
  ―Como de repente te interesaron los autos de los pacientes, creí que buscabas uno.
   Alfonso detuvo la marcha ante el carro de su mujer. El aliento febril de la tarde endureció su rostro, luego lo resquebrajó en un gesto de sorpresa, parecía que de su boca fluiría una confidencia, sin embargo, sólo dijo: “Luego te explico, hasta mañana.”  Después abordó el auto y se fue. 
   Camino a casa se reprochaba su obviedad –“en realidad Heri me conoce muy bien”-, matizó.          
   Tres días antes, en esa misma calle, tuvo que frenar rápido, la camioneta que iba delante se detuvo con brusquedad, por el retrovisor vio una suburban negra casi pegada a su defensa. Lo entendió de pronto, la tercera camioneta aún no se detenía a su izquierda cuando bajó del vehiculo.
  ―¡No soy el que buscan! ¡Soy el Doctor Rosales!  Gritó mientras esgrimía su gafete con las manos en alto.
   Lo inopinado de la maniobra y su bata blanca tuvieron la virtud de no dar sensación de peligro. Uno de los hombres del comando se acercó metralleta en mano, revisó la credencial, leyó el nombre y especialidad bordados en la bolsa izquierda de la bata.
  ―Soy el Doctor Alfonso Rosales, no soy el que buscan –repitió, más como buen deseo que como aclaración.
   Los ojos del individuo le reclamaron no ser el que buscaban. Al darse cuenta que su vida dependía de aquél tipo, Rosales comprendió la insignificancia de ésta.
  ―No, este güey no es –dijo el sujeto mientras tiraba la credencial.
   Los hombres subieron a sus vehículos y se marcharon sin aspavientos; todo sucedió en segundos. Al llegar a casa el cirujano dio un beso helado a su mujer y abrazó a su hija. Tres horas después, antes de ir al consultorio, dijo a su esposa:
―Me llevo tu carro, la camioneta no podrá moverse, el mecánico le aplicó un sellador que tarda días en fraguar.
   A setenta y dos horas de aquel día, devolvió las llaves del auto a su mujer.

  ―Me llevo la Navigator; ya fraguó el sellador.

viernes, 30 de mayo de 2014

Texto publicado en el libro Primeras armas.







La pesadilla
                                                                                           Por Ramón Cortez Cabello
   Era pasada la medianoche cuando me despertó mi hija de ocho años.
  ―Tengo pesadillas –dijo.
   Me senté al borde de la cama y la coloqué sobre mis rodillas.
― ¿Qué soñaste?
 ―Que un loco se metía por la  ventana de la sala, que te mataba a ti y a mis hermanitos. Yo gritaba fuerte pero nadie venía a salvarme. En eso desperté.
 ―No tengas miedo.
   Para que se calmara la llevé al cuarto de sus hermanos que dormían tranquilos. En la sala le mostré el pasador de la ventana bien cerrado. Cuando nos acostumbramos a la oscuridad, vimos los árboles, las plantas y los setos refugiándose en las sombras. A lo lejos, fantasmal, se erguía la casa del vecino. El bosque se arrullaba con el chirriar de los grillos.
   La niña se calmó. La llevé a su recamara. Al poco tiempo roncaba.
   Yo no pude dormir el resto de la noche.











   

lunes, 26 de mayo de 2014

La bicicleta.



La bicicleta
                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello.
   Luciano regresaba del trabajo, en la mano derecha traía nivel y cuchara. El sol hacía resplandecer el polvo que escarchaba su ropa. Un intento de sonrisa iba unido a su saludo.
 -Buenas tardes, Doña Lupe.
 -Buenas tardes Luciano. Qué calorón ¿verdad?
 -Sí, como en el infierno –dijo sin detener la marcha.
   La mujer siguió barriendo la banqueta con gesto preocupado. Unos niños jugaban en la calle con dos perros flacos, en la esquina un hombre vendía pan de Bustamante. El vendedor llevaba en un triciclo el canasto y un aparato de sonido; por sus bocinas se difundían las virtudes del producto y polcas y corridos de la radio.  
   Tenía poco en el barrio. No duraba en ningún sitio. A su mujer las vecinas no la querían; envidiaban su belleza según ella.
   Faltaba poco para llegar, después de doblar la esquina descansaría en casa.
 -¡Qué buen señor!
 -¡Pobrecito…qué cansado viene!
   Fingió no escuchar los murmullos femeninos que trituraban su amor propio.
 -Una cerveza, Chano…
  -Ahora no, vecino, gracias -declinó la invitación.
   Cuando dio vuelta a la esquina, el silencio invadió el barrio. Se apagó la gritería infantil, los Alegres de Terán, que cantaban Nocturno a Rosario en la radio, también callaron. Los hombres movían sombríos la cabeza.
 -Ave María Purísima –exclamaban las mujeres.
   Frente a la casa, recargada en la cerca, estaba una bicicleta negra. Un gesto de rabia apareció en el rostro de Luciano. Arrojó la cuchara sacando chispas al suelo. Estuvo indeciso un instante, después dio media vuelta y desandó el camino. El silencio se hizo mayor. Hasta el sol amainó la intensidad de sus rayos.
   Una hora más tarde regresó. No hubo saludos. Las señoras lo miraban con desprecio. Los vecinos reían burlones a su paso.
   Cuando dobló la esquina, la bicicleta ya no estaba.
   A los pocos días la casa quedó vacía.





    Relato incluido en el libro, Primeras Armas. Antología del taller de iniciación literaria del Instituto Municipal de cultura de Saltillo (IMCS).