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lunes, 10 de mayo de 2021

El sueño

 


El sueño.

                                                                                                                                                              Ramón Cortez Cabello  

Soñé a mi madre. Mis ojos infantiles la vieron en su cama, parecía dormida, era una tarde calurosa. Traía un vestido floreado en varios tonos de azul. Me acosté a su lado, abrió los ojos, me miró con asombro y preguntó preocupada: “¿Qué pasó, hijo?” “Nada, sólo quiero abrazarte,” respondí. La preocupación huyó de su rostro y me cobijó en sus brazos. Sentí su piel, su olor inconfundible, su amor. Luego, cuando el hombre de sesenta años que ahora soy recordó que ella está muerta, desapareció.

   No estoy triste, me hizo feliz volver a verla.


domingo, 29 de noviembre de 2020

Astronomía Boxística

 

   
   

                                                                 Astronomía Boxística.

   Pelea de Mike Tyson vs Roy Jones Jr., inaugura la Astronomía Boxística. Rama del entretenimiento que permite observar estrellas años después de haberse apagado.


miércoles, 29 de mayo de 2019

Programa de cocina.




Programa de cocina.
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.

    La joven daba los últimos bocados al arroz burdamente cocinado, había en sus ojos un brillo de satisfacción que embellecía su rostro. El director del programa preguntó algo que parecía obvio:
   ― ¿Estás satisfecha?
   ―Sí ―respondió ella.
   El entrevistador fue más allá:
   ― ¿Eres feliz?
   ―Sí, claro.
   ― ¿Por qué? ―Quiso saber el hombre.
   ―Bueno, tengo trabajo, gano dinero para mis cosas. En un rato más iré a dormir a casa. Creo no puede pedirse más. Además tengo sueños…
   ― ¿Sí? ¿Cuáles son esos sueños?
   ―Ser multimillonaria, ―respondió.
   En la escena final la vemos perderse entre el tráfico, la acompaña una soledad empecinada. Aunque deseas que cumpla sus sueños, sabes que es casi imposible. Para la joven prostituta, que apenas saca para malcomer y drogarse, las únicas que parecen cumplirse son sus pesadillas. Te muerde el corazón oírla decir que irá a dormir a casa; sabes que vive en un cementerio en el centro de Freetown, que su cama es una tumba y que desde su niñez, cuando era combatiente en la guerra civil de Liberia, su única compañía ha sido la desgracia.  

   Luego de ver el capítulo uno del programa japonés, Informe gourmet hiperduro, te convences de que si la vida es una mierda, los sueños ayudan a hacerla más tolerable. 

viernes, 29 de julio de 2016

La profecía







La profecía
                                                                                         Por Ramón Cortez Cabello
  ― ¿Revista o periódico, jefe?
  ― Periódico.
  ―Mejor le doy la revista… Así sabrá qué día se acaba el mundo.
   La revista de chismes estaba abierta en una página donde destacaba un encabezado: “El mundo se acabará el 29 de julio del 2016”. El hombre leyó rápido la nota y, sonriendo, dijo:
  ― ¿Mañana?
  ― Si, jefe.
  ― ¿Entonces ya para qué me boleó?
  ― No, jefe. Los zapatos hay que traerlos presentables hasta el final.
   Aunque la opinión del bolero era interesada, el cliente estuvo de acuerdo en que eran ciertas sus palabras.
  ―Fíjese que a los viejitos que se sientan en esa banca les enseñé la misma nota y luego lueguito se fueron, bien asustados.
  ― ¿Y a dónde se fueron? ¿Al rancho?

  ― Fueron a confesarse, ¿usted cree?

lunes, 25 de julio de 2016

Sueño de escritor








Sueño de escritor

   De la pluma fuente brotó una cascada de letras, una a una, una tras otra, torrentes de ellas formaron un lago de palabras que llenó por completo la página en blanco. El nivel de las palabras, de la laguna que las contenía, fue aumentando hasta sumergir en su líquida superficie mis manos. Por un momento escuché el rumor de las olas de palabras que ya cubrían mis brazos. En un instante me vi cubierto por la sopa de letras, no podía respirar, se atoraba en mi nariz una gran cantidad de letras A, A de ahogo, A de asfixia y de angustia. Sentí que moría bajo el caudal inmenso de mi creatividad, algo bello había en esa fatalidad. La habría preferido a la verdad prosaica de verme despertado por la gotera tenaz que caía en mi rostro.

jueves, 26 de mayo de 2016

El ritual









Ritual
                                                         Por Ramón Cortez Cabello

No hay nada por muy inocente que sea en lo que no puedan introducir los hombres el crimen; ni arte por muy sano que sea cuyas intenciones no sean capaces de trastocar; ni nada tan bueno en sí que no puedan orientar hacia fines perversos.
                                                                                                                   Moliére.


   Se siente cautivo dentro de su cuerpo, sus ojos obedecen pero no ve gran cosa, está deslumbrado. No oye, no puede hablar. Boca arriba, colocados los brazos sobre unos soportes laterales está crucificado. Alcanza a verse el ombligo,  parte del costado y muslo izquierdo. Cuando trata de cubrir su desnudez comprueba que está inmóvil.  Poco a poco se acostumbra a la luminosidad que viene de lo alto; no recuerda nada, ni su nombre ni el de las cosas que mira. Es su campo visual reducido proscenio en el que actúan varios personajes. Sus parpados, cual pesados telones, caen haciéndole perder la secuencia.
   Los sujetos visten trajes oscuros que dejan ver antebrazos, cuello y parte del tórax. Se cubren el rostro con una máscara que sólo deja ver sus ojos. Una mujer delgada es la que más veces pasa ante él, tiene ojos oblicuos rodeados de arrugas. Siempre trae en las manos algún objeto.
   Siente que su conciencia se oscurece de nuevo, teme no despertar.
   Cuando vuelve en sí observa siempre lo mismo: una ventana que interrumpe la fría pared blanca y, cerca de ella, una puerta que no promete libertad, una salida que conduce a la oscuridad. Esta vez advierte la presencia de una mujer que, de espaldas a él, en una mesa cubierta por un lienzo verde, alista diversos artefactos. “Van a torturarme”, piensa, infiriendo el uso de aquellos objetos. Hay clavos de diferente tamaño y grosor, un pequeño mazo que ni pintado para aplastar testículos. Se estremece, ¿para qué son esos cuchillos? rebanarían cual zanahoria sus dedos o pene. Al ver un taladro de gran broca renuncia a buscar una aplicación posible. No puede ver los ojos de la mujer pero los imagina crueles, despiadados. La odia. Se siente flotar en un aire gélido. Sabe que no está soñando.
   Cuando aparecen dos tipos su inquietud aumenta. Uno de ellos, el de baja estatura, mueve los brazos, iracundo. El otro, joven y corpulento, tiene gacha la cabeza. Por un momento compadece al gordo, luego comprende que es absurdo sentir lástima por uno de sus verdugos. Cuando el hombre pequeño lo mira y señala con el dedo siente un brinco en el corazón. El joven, antes humillado y servil, se dirige hacia él lleva un cuchillo en la mano, se le acerca con resolución. Quiere gritar pero no puede. Piensa, por los movimientos bruscos del joven, que va a abrirlo en canal, sin embargo, en su abdomen sólo queda el trazo de una raya vertical cruzada por otras más pequeñas. Una fina línea roja indica que su piel apenas fue tocada, que un rasguño era más profundo. No hubo dolor.
   Desaparece el sopor, su respiración se agita. La mujer delgada de ojos arrugados le unge el vientre con una pócima negra y viscosa.
   Trata de recordar quién es, qué fue lo que precedió a este momento: no lo consigue. Observa que la espalda de la mujer de los cuchillos se tensa, está en trance. A través de la ventana observa a los dos hombres hacerse abluciones en manos y brazos. El corazón quiere salírsele del pecho.
   Una mujer de bellos ojos completa el grupo. Está atrás de él, en la cabecera. Su gesto, de secarle el sudor de la frente, indica que no es como los otros. No temas, será rápido y sin dolor ―dice―. Aquella voz congela sus oídos. Volver a escuchar no lo hace feliz.
   Los hombres, enfundados en una túnica ritual, lo cubren con lienzos oscuros; sólo el signo trazado en el vientre queda expuesto. Por fin observa de frente a la mujer de los cuchillos. No se equivocó: tiene mirada perversa y brilla en sus manos la hoja de un puñal.
   Un pedazo de tela cae en su rostro, la negrura insondable sustituye al resplandor cenital. Los latidos de su corazón apenas lo dejan oír. Escucha frases antiguas que parecen nuevas, como si se pronunciaran por vez primera.
  ― ¿Puedo iniciar? ―pregunta una voz grave en la que tiembla el enfado.

  ―Adelante, ya puede empezar ―responde la mujer de voz glacial.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Tweets del Dr. Galeno.


                                     Tweets.
                                             Por Ramón Cortez Cabello.

   De noche se sintió solo. Cuando llegaron sus amigos, no eran tantos como las estrellas. Pero si cálidos y luminosos. Ya no sintió soledad.
                                           *
   Mata al más alto, fue la orden. De lejos no sabía quién era el de mayor estatura, dudaba. No quiso batallar: los mató a todos.
                                           *

Poe
Usó plumas de ángel caído y sangre de unicornio fue su tinta. ¿Cómo no iban a ser extraordinarias sus narraciones?
                                           *

                          Lo bueno de lo breve. 
   Hay minificciones a las que ni su extensión salva de ser maxi-aburridas.
                                       *

                           Telenovela siglo XXI
―Debo confesarlo: Jairo Alexander no es tu padre…
―Pero… ¿Qué dices mamá?
―…Tu padre soy yo.
                                          *

                           El archivo

El colmo de una funeraria es tener un archivo muerto.
                                      *
El radio empezó a sonar, trajo melodías color sepia y con ellas recuerdos de tiempos mejores. De inmediato me sentí mejor.

                                     *
   Lo vi de lejos, iba encorvado; qué amolado está, pensé. Cuando lo tuve cerca y gritó: ¡ánimo!, supe que yo estaba más fregado.

martes, 20 de octubre de 2015

Un maestro.













Un maestro.
                                                                                                      Por Ramón Cortez Cabello
   Tendría poco más de cuarenta años, era muy moreno y a duras penas llegaría al uno sesenta de estatura. A finales de los setenta llevaba largo el pelo entrecano. Lo recuerdo vistiendo gastados pantalones de mezclilla azul, camisa clara a rayas y un saco deportivo oscuro que, para el calor tamaulipeco, significaba una osadía. Bajo el brazo llevaba un legajo del cual siempre amenazaban con volar las hojas desparpajadas contenidas en el fólder. También cargaba muchos libros de diverso tamaño y grosor, siempre viejos y de portadas marchitas. Parecía más alto y fornido de lo que era y sin duda se sentía satisfecho de su aspecto. Era jovial y se dirigía a los alumnos con la blandura de quien sabe que las letras con alegría entran. Más inoculaba el germen bueno de la literatura siendo cómplice entusiasta en el recorrido de libros y autores, que guiando las lecturas de sus discípulos.
   Le decíamos Quetzalcóatl porque esa palabra era lo bastante indígena como para enfatizar su origen étnico. Ignoro si quien le adjudicó el apodo conocía la historia de la deidad, pero de lo que sí estoy seguro es de que él, “nuestra” Serpiente emplumada, sí la sabía y habría estado orgulloso de llevar por nombre aquel mote.

   Nunca supe cómo se llamaba en realidad aquel maestro de español de la prepa uno de Nuevo Laredo, pero para mí siempre será Quetzalcóatl. 

sábado, 2 de mayo de 2015





CUENTOS EN CORTO.
                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello

   Bajo el título precedente inicié el pasado treinta de abril la publicación de unos pequeños y ambiciosos textos. Se trata de líneas breves que pretenden ser cuentos. Oraciones toscamente hiladas que aspiran a poseer algún mérito para merecer la lectura cómplice e indulgente. Aquí les comparto el segundo de la serie.








Damocles

   El palacio  descubierto en Siracusa estaba bien conservado. En la estancia real señoreaba el trono; encima del techo colgaba una espada sujeta por un cordel. Mientras Harper  descifraba las palabras grabadas en el sitial, los demás arqueólogos veían el acero oscilante.
 ― “D…, empezó a leer el investigador,  ¿Dionisio?”...  ―aventuraba el explorador cuando la hoja cayó atravesándolo lado a lado.

   Tiempo después los colegas del difunto se asombraron al descifrar la inscripción en el trono: Damian Harper.

martes, 10 de junio de 2014

La cantante

    





   

                                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello
      Fue en la Clínica 6 de San Nicolás, era R4, estaba de guardia  y me había llamado el Dr.  Cannabis.
  ― ¡Nunca me había alegrado tanto verte, Galeno! –Dijo el R3 al verme-.  Un post operado que sangraba profusamente era el motivo de su alegría por mi arribo; la responsabilidad del paciente ahora me pertenecía.
   Ya en la sala de operaciones, evacuados los coágulos, fulgurados los vasos sangrantes y resuelto el problema del enfermo, alejada la angustia,  me quejé del silencio que habitaba el quirófano (vamos, ni el anestesiólogo llevaba grabadora).
  ―Lupita canta bien padre, doctor –dijo la instrumentista.
   En los ojos de la enfermera circulante brilló el reproche ante la delación de su compañera. Con todo, no batallamos para convencerla de que cantara alguna melodía.  Oírla fue como encender la luz en un cuarto oscuro, su voz inundó la sala y nos llenó de emoción.  Con la última nota concluyó también la cirugía… no hubo oportunidad de pedirle otra canción. 
   Fue la primera vez que oí la que sería una de mis canciones favoritas. Cuando escuché  Ten cuidado con el corazón en voz de Ale Guzmán sentí que algo le hacía falta, que la joven enfermera la cantaba mejor.  
   Nunca volví a ver a Lupita, y lo que es peor, nunca la volví a escuchar.

jueves, 29 de mayo de 2014

Siete minificciones del Doctor Galeno.








La espina saboreó la sangre del ingenuo dedo, una vez más la rosa, su señuelo, cumplió su cometido.


Mecanismo de acción.

Al tragar la medicina comprobó que hay antibióticos que matan a las bacterias con su sabor.


El espectro

  ― ¡Un fantasma! –gritó la izquierda.
  ― Estúpida, es un guante blanco –aclaró la mano derecha.

El afrodisíaco

   A las ostras cultivadas en su granja las alimentó con Viagra. Era el negocio de su vida: sería el mejor afrodisíaco del mundo.
   Sin embargo fue un fracaso: Los moluscos estaban muy duros.


 Punto de vista

   Aléjate de los libros. Si los vez abiertos huye de inmediato; hay quien dice que son cultura, pero para nosotras son la tumba.
                                                                                     Una mosca a su hija.


De noche se sintió solo. Cuando llegaron sus amigos no eran tantos como las estrellas, pero si cálidos y luminosos. Ya no se sintió solo.


Lo vi de lejos, caminaba lento; qué amolado está –pensé-. Cuando lo tuve cerca y gritó: ánimo, supe que él me veía más jodido.

lunes, 26 de mayo de 2014

La bicicleta.



La bicicleta
                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello.
   Luciano regresaba del trabajo, en la mano derecha traía nivel y cuchara. El sol hacía resplandecer el polvo que escarchaba su ropa. Un intento de sonrisa iba unido a su saludo.
 -Buenas tardes, Doña Lupe.
 -Buenas tardes Luciano. Qué calorón ¿verdad?
 -Sí, como en el infierno –dijo sin detener la marcha.
   La mujer siguió barriendo la banqueta con gesto preocupado. Unos niños jugaban en la calle con dos perros flacos, en la esquina un hombre vendía pan de Bustamante. El vendedor llevaba en un triciclo el canasto y un aparato de sonido; por sus bocinas se difundían las virtudes del producto y polcas y corridos de la radio.  
   Tenía poco en el barrio. No duraba en ningún sitio. A su mujer las vecinas no la querían; envidiaban su belleza según ella.
   Faltaba poco para llegar, después de doblar la esquina descansaría en casa.
 -¡Qué buen señor!
 -¡Pobrecito…qué cansado viene!
   Fingió no escuchar los murmullos femeninos que trituraban su amor propio.
 -Una cerveza, Chano…
  -Ahora no, vecino, gracias -declinó la invitación.
   Cuando dio vuelta a la esquina, el silencio invadió el barrio. Se apagó la gritería infantil, los Alegres de Terán, que cantaban Nocturno a Rosario en la radio, también callaron. Los hombres movían sombríos la cabeza.
 -Ave María Purísima –exclamaban las mujeres.
   Frente a la casa, recargada en la cerca, estaba una bicicleta negra. Un gesto de rabia apareció en el rostro de Luciano. Arrojó la cuchara sacando chispas al suelo. Estuvo indeciso un instante, después dio media vuelta y desandó el camino. El silencio se hizo mayor. Hasta el sol amainó la intensidad de sus rayos.
   Una hora más tarde regresó. No hubo saludos. Las señoras lo miraban con desprecio. Los vecinos reían burlones a su paso.
   Cuando dobló la esquina, la bicicleta ya no estaba.
   A los pocos días la casa quedó vacía.





    Relato incluido en el libro, Primeras Armas. Antología del taller de iniciación literaria del Instituto Municipal de cultura de Saltillo (IMCS).