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domingo, 29 de noviembre de 2020

Astronomía Boxística

 

   
   

                                                                 Astronomía Boxística.

   Pelea de Mike Tyson vs Roy Jones Jr., inaugura la Astronomía Boxística. Rama del entretenimiento que permite observar estrellas años después de haberse apagado.


sábado, 21 de febrero de 2015

Mi amigo boxeador


















Mi amigo boxeador.
Por Ramón Cortez Cabello.

   Hace más de veinte años, en Nuevo Laredo, estaba viendo el box, hacía un calor que ni la cerveza alcanzaba a matizar. Me sorprendió muchísimo ver en la pantalla a mi amigo Mario Coronado Gómez; estaba dándose de golpes con un tipo al que apodaban el Baygón.
   La pelea era encarnizada, puro dame que te doy, ninguno de los boxeadores cejaba en su intento de noquear al otro.  Mientras miraba el intercambio de golpes recordé mis años en la Facultad de Medicina de la UANL, su vieja biblioteca y las noches que pasé en ella, en parte estudiando, parte viendo a las muchachas y mayormente durmiendo. Muchas de esas veladas las compartí con Mario.
   Fue durante un torneo de box organizado en la facultad (si, en la escuela de medicina), donde Coronado descubrió su talento boxístico. De carácter reservado, tranquilo y hasta tímido mi amigo se inscribió en dicho certamen más empujado por el entusiasmo de otro compañero que por las ganas de intercambiar puñetazos. Me tocó a mí, junto con otro amigo, El Chilango, oficiar como su second en ese torneo. Recuerdo que íbamos rumbo al ring, los seconds caminábamos con la tranquilidad de saber que no recibiríamos ni un rasguño, Coronado iba muy nervioso a su primera pelea. No era de pleito y básicamente  ignoraba cuándo o en qué momento tirarle golpes a un rival al que tenía más ganas de dispararle un refresco que puñetazos. El Chilango se lo aclaró rápidamente:
  ―En cuanto suene la campana tú dale de putazos.
   Mario no siguió la sabia indicación de nuestro amigo, se veía engarrotado, los brazos pegados al cuerpo, estudiaba a su rival dando vueltas sobre el ring, no se animaba a atacar primero. Fue hasta que el adversario tuvo la mala idea de tirar un golpe que algo mágico sucedió. Con un elegante movimiento de cintura Coronado esquivó el golpe y, en una acción fulgurante, con un volado de derecha a la mandíbula envió a su rival a la lona, completamente noqueado. Había nacido un boxeador. Así inició su carrera pugilística, por supuesto ganó ese torneo, después un estatal y luego se hizo profesional. La pelea que vi por televisión la perdió por decisión.
   Por mucho tiempo le perdí la huella, terminé la carrera, hice la especialidad, estuve en Nuevo Laredo, luego me vine a Saltillo, pasaron cerca de diez años luego de que lo vi en televisión. Un día un compañero del hospital me dijo:
  ― ¿Ya viste a Coronado?
  ― ¿Qué Coronado? –pregunté a mi vez.
   El nuevo urólogo…  preguntó por ti –respondió-. No sé qué me sorprendió más, si saber que había un nuevo especialista en el hospital o que éste me conocía. Traté de recordar a un urólogo de apellido Coronado y no pude. Si me hubieran dicho que éste se llamaba Mario, lo habría recordado de inmediato.

   Fue una gran sorpresa verlo después de veinticinco años. Siempre es una alegría saludar a un buen boxeador,  a un excelente urólogo, pero sobre todo un gran amigo.

martes, 22 de julio de 2014

El sparring (Fragmento de la novela "Cuando vuelvan los gorriones")





El sparring
(Fragmento de la novela, Cuando vuelvan los gorriones, de Ramón Cortez Cabello)

   Desde David contra Goliat no se presentaba tanta disparidad entre dos rivales; una diferencia de más de cuarenta kilos y treinta centímetros a favor del pugilista más experimentado. Una lucha entre un galgo y un león sería más pareja.    
  ― Mmm, no se. Está muy chico –dijo el hombretón.
   ― ¡Bah! Ya tiene diez y ocho años –respondió su interlocutor.
   ― Me refiero al tamaño; de Paddy salen dos muchachos cómo éste.
   ― ¡Por eso!, el chico tiene más movilidad, si puedes conectarlo a él, con mayor razón al mastodonte ese –arguyó el otro.
  ―Yo peso más que Paddy –aclaró el peleador.
  ―¡Mejor todavía!, más fuerte y más rápido…claro, esto último si entrenas con mi peleador; vamos John, necesitamos el dinero.
   “Está bien –dijo John, más resignado que convencido- cinco rounds.”
   El joven se introdujo en el ring e hizo movimientos calisténicos; al sacarse el suéter se miraba más flaco. Los presentes miraban con sorna la escena, un auxiliar fungía como arbitro, la campana convocó a la acción. El pelo rubio cubría la frente del muchacho, en sus azules pupilas brillaba una confianza a la que nadie en su sano juicio concedería algún sustento. La guardia del más corpulento estaba armada con desgano y tenía en el rostro una sonrisa que su atildado mostacho no alcanzaba a cubrir. 
  -¡Eh John! ¿No tienes miedo perder? –gritó alguien. 
   La sonrisa del grandote se hizo carcajada y lanzó un manotazo, más con afán de divertirse que de lastimar; a su gracia la festejaban las risas de los presentes.
   El joven eludió la bofetada y conectó un gancho al mentón, el ruido, semejante al de un mazo golpeando una roca llenó el gimnasio. El enorme tipo dio con sus robustas nalgas en el piso, el puñetazo también apagó las risas.
   El hombre miraba desde el suelo al muchacho, sacudió su cabeza. Los bigotes perdieron la goma, una guía apuntaba arriba y la otra abajo.
   Se puso de pie rápido, “estaba mal parado –pensó-, el mareo debe ser por las cervezas de anoche”. Abría y cerraba las manos, cuando las cerró bien, crujieron los dedos. Sus músculos tensos cómo gatillo estaban listos para disparar golpes. Fue en busca del atrevido; tenía que enseñarle a respetar.
   Con sus ondulaciones de cintura y pequeños saltos, el sparring semejaba un bañista a punto de ser aplastado por un tsunami.
   El coloso se desembrazó, sus puñetazos serían capaces de cimbrar una pared o tirar al muchacho… si lo conectaran. El chico por su parte no fallaba. El rostro de John estaba rojo, más por la rabia que por los impactos recibidos. Aquel joven se escurría como puerco engrasado. El round terminó sin que pudiera dar un golpe.
   Al final del cuarto round, John había lanzado ciento treinta y cinco puñetazos: ninguno dio en el blanco. Su ánimo pasó de la ira a la frustración y la impotencia.
   El muchacho se mantenía a la distancia ideal para no ser golpeado: lejos o muy cerca, cómo esos mellizos pegados de los circos. Cuando John buscaba atraparlo se volvía inasible. Era la batalla del cañón de poderosa y errática metralla contra una certera carabina con balas de algodón; la lucha del mosco contra el león: aleteo de insecto rebotando en el duro cuero; picotazos de pájaro en corteza de roble: exasperantes pero sin fuerza para derribarlo.
   Durante el minuto de descanso, el sparring respiraba tranquilo, el sudor que corría por su piel era la única huella de la sesión. En la otra esquina el rival bufaba rencoroso, tampoco él estaba lastimado, pero tenía el orgullo en carne viva.
   En el quinto asalto el muchacho continuó su golpeo impune. Fue el round en que menos golpes tiró John: dos. Para mala suerte del sparring conectó ambos. El primero: un gancho a la quijada, lo dejó inmóvil sobre sus piernas; al segundo, el recto que le tumbó los dientes y floreó la boca, no lo sintió: ya estaba noqueado al recibirlo.
   Al sparring nadie le creyó que había boxeado cinco rounds con el campeón, mucho menos que lo había derribado; mostrar las despobladas encías cómo prueba de su dicho tampoco era convincente. Se desesperaba de llevar en su cuerpo las huellas de los golpes y que nadie le creyera. “Si hubieses peleado con john, te habría matado” -le soltaban.
   No es posible saber si aquel entrenamiento le sirvió; lo cierto es que el siete de febrero de 1882, John L. Sullivan ganó el campeonato mundial de peso completo al noquear a Paddy Ryan. Sullivan nunca perdió en combates a puño desnudo. Diez años después, al aplicarse las reglas del Marqués de Queensberry, tuvo que pelear con guantes y perdió el titulo ante Jim Corbett.