Mostrando las entradas con la etiqueta hospital. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta hospital. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de enero de 2022

Día de la enfermera

 








Definiciones importantes para este 6 de enero:
Ramón Cortez Cabello
Enfermera: Mujer luminosa que ayuda a los enfermos a recuperar la salud. Ellas entibian la sabiduría con su dulzura. Para ser enfermera, además de un sólido programa científico, se requieren empatía, paciencia, ternura y fortaleza.

Enfermero: Cursa los mismos estudios que sus colegas femeninas, pero viene dotado de fuertes músculos, vello abundante, voz ronca y aspecto rudo. Sin embargo, al igual que ellas, tiene un corazón más dulce que la miel.

Enfermería: Disciplina que restaura la salud por medio de la ciencia, cariño y dedicación de sus oficiantes.


Felicidades
a tod@s mis amig@s enfermer@s en su día.


martes, 14 de diciembre de 2021

Área blanca

 





Área blanca

                                                                     Ramón Cortez Cabello

 

― ¡Oiga esta es un área estéril! ―dijo Carlotita.

    ― ¡Cállate culera!, o te carga la verga ―respondió uno de los sicarios.

   “El pedo no es con ustedes, dijo el otro, pónganse junto a la pared y nada les pasará.” Quise decir algo, pero el tipo me atajó: “Usted ya hizo su trabajo, ahora yo haré el mío”. No dije más, es difícil hacerlo cuando te apunta una metralleta. Fui a reunirme con las doctoras y enfermeras, pretendí no tener miedo cuando les dije: “Tranquilas, todo va a estar bien”. Los pistoleros se acercaron a la mesa de operaciones y con sus cuernos de chivo le volaron la cabeza al paciente que operábamos.

   Después me enteré que había otros matones en recuperación, que otros tomaron el área de urgencias y que el operativo duro pocos minutos. Puedo decir que a mi paciente lo mataron dos veces. Llegó sin signos vitales al hospital, le dimos reanimación cardiopulmonar y, luego de tres horas de operación, habíamos cerrado una lesión de vena cava, extirpado el riñón derecho y reparado el hígado, cerrábamos piel cuando llegaron los sicarios. La última tensión arterial estaba en 110/70. El baleado no iba a morirse, al menos no en cirugía y era probable sobreviviera: se salvó de los tiros que le dieron en la calle, pero no de los recibidos en quirófano.

Es impactante ver cómo matan a alguien a corta distancia. Ya luego pensé en la estupidez de querer razonar con sujetos armados. Por fortuna aquellos tipos sólo mataron a su objetivo y no a quienes hicimos alguna pendejada. Tiempo después nos reímos mucho de Carlotita, sólo a ella se le ocurre regañarlos por no traer ropa estéril. 
 



viernes, 20 de octubre de 2017

Mi maestro Eleazar.



Mi maestro Eleazar.
                                                                                        Por Ramón Cortez Cabello.
   Rodeado de una mezcla de vitalidad y desenfado llegaba a todo lugar con igual puntualidad: retardado pero oportuno. Me explico. A nadie importaba llegara tarde con tal de oír el comentario acertado y divertido que siempre llevaba a flor de labio. De estatura regular y cuerpo musculoso, su forma de vestir era más adecuada para el joven impetuoso e irreverente que anidaba dentro de él, que para el urólogo de renombre nacional. Sus ojos pequeños brillaban con ironía unas veces e indulgencia otras. Su sonrisa, en contraparte, era grande y contagiosa. Siempre me asombró su facilidad para decir la frase adecuada en el momento correcto, fuera un diagnóstico difícil, una descripción lapidaria, un chiste cruel o la palabra que daba consuelo. Si, cuando yo era residente, también era muy pendejo, le dijo a un compañero para consolarlo por alguna sonsera que hizo este. Debo decir que la afirmación, una mentira piadosa, confortó a mi amigo. Su forma afable de decir las cosas, lo hacía entrañable. ¿Y por qué te corrieron? Le preguntó a un compañero que llegó de otra sede a mitad del curso. Con esa pregunta, de inmediato, el temor que tenía aquel médico de sufrir lo indecible en su nuevo hospital, desapareció y dijo con franqueza por qué lo expulsaron del otro hospital. Sí, allá son muy cabrones, aquí es diferente, le dijo El Zar al residente al tiempo que palmeaba su hombro.
   Podría llenar cuartillas y cuartillas con anécdotas del maestro Eleazar, pero prefiero terminar con una que no es ni la mejor ni la más divertida, pero que lo pinta de cuerpo entero. Un día fue citado a la Comisión Mixta Disciplinaria de la institución. ¿Motivo? Un conato de pelea, es decir, estuvo a punto de madrear a un colega. Los únicos testigos del incidente fuimos otro compañero y yo, a ambos nos citaron para declarar en tal comisión. De más está decir que era la primera vez que compareceríamos en dicha instancia. Aunque no sabíamos en qué consistía la diligencia, si sabíamos que nuestra declaración podría, en un momento dado, afectar al maestro. El día previo a la comparecencia le preguntamos sobre qué tendríamos que decir en la misma, para que él no saliera perjudicado. Palabras más, palabras menos, dijo: “La verdad. Es todo lo que tienen que decir, muchachos. Nunca les pediría dijeran mentiras.” Mi admiración creció y se mantiene intacta.
   Puedo decir, sin desdeñar sus enseñanzas urológicas, que su mayor  aporte para mi formación como médico y ser humano, fue mostrarme su integridad y congruencia.

   Hace años que no lo veo, pero donde quiera que esté le envío un abrazo lleno de afecto y reconocimiento.  

jueves, 26 de mayo de 2016

El ritual









Ritual
                                                         Por Ramón Cortez Cabello

No hay nada por muy inocente que sea en lo que no puedan introducir los hombres el crimen; ni arte por muy sano que sea cuyas intenciones no sean capaces de trastocar; ni nada tan bueno en sí que no puedan orientar hacia fines perversos.
                                                                                                                   Moliére.


   Se siente cautivo dentro de su cuerpo, sus ojos obedecen pero no ve gran cosa, está deslumbrado. No oye, no puede hablar. Boca arriba, colocados los brazos sobre unos soportes laterales está crucificado. Alcanza a verse el ombligo,  parte del costado y muslo izquierdo. Cuando trata de cubrir su desnudez comprueba que está inmóvil.  Poco a poco se acostumbra a la luminosidad que viene de lo alto; no recuerda nada, ni su nombre ni el de las cosas que mira. Es su campo visual reducido proscenio en el que actúan varios personajes. Sus parpados, cual pesados telones, caen haciéndole perder la secuencia.
   Los sujetos visten trajes oscuros que dejan ver antebrazos, cuello y parte del tórax. Se cubren el rostro con una máscara que sólo deja ver sus ojos. Una mujer delgada es la que más veces pasa ante él, tiene ojos oblicuos rodeados de arrugas. Siempre trae en las manos algún objeto.
   Siente que su conciencia se oscurece de nuevo, teme no despertar.
   Cuando vuelve en sí observa siempre lo mismo: una ventana que interrumpe la fría pared blanca y, cerca de ella, una puerta que no promete libertad, una salida que conduce a la oscuridad. Esta vez advierte la presencia de una mujer que, de espaldas a él, en una mesa cubierta por un lienzo verde, alista diversos artefactos. “Van a torturarme”, piensa, infiriendo el uso de aquellos objetos. Hay clavos de diferente tamaño y grosor, un pequeño mazo que ni pintado para aplastar testículos. Se estremece, ¿para qué son esos cuchillos? rebanarían cual zanahoria sus dedos o pene. Al ver un taladro de gran broca renuncia a buscar una aplicación posible. No puede ver los ojos de la mujer pero los imagina crueles, despiadados. La odia. Se siente flotar en un aire gélido. Sabe que no está soñando.
   Cuando aparecen dos tipos su inquietud aumenta. Uno de ellos, el de baja estatura, mueve los brazos, iracundo. El otro, joven y corpulento, tiene gacha la cabeza. Por un momento compadece al gordo, luego comprende que es absurdo sentir lástima por uno de sus verdugos. Cuando el hombre pequeño lo mira y señala con el dedo siente un brinco en el corazón. El joven, antes humillado y servil, se dirige hacia él lleva un cuchillo en la mano, se le acerca con resolución. Quiere gritar pero no puede. Piensa, por los movimientos bruscos del joven, que va a abrirlo en canal, sin embargo, en su abdomen sólo queda el trazo de una raya vertical cruzada por otras más pequeñas. Una fina línea roja indica que su piel apenas fue tocada, que un rasguño era más profundo. No hubo dolor.
   Desaparece el sopor, su respiración se agita. La mujer delgada de ojos arrugados le unge el vientre con una pócima negra y viscosa.
   Trata de recordar quién es, qué fue lo que precedió a este momento: no lo consigue. Observa que la espalda de la mujer de los cuchillos se tensa, está en trance. A través de la ventana observa a los dos hombres hacerse abluciones en manos y brazos. El corazón quiere salírsele del pecho.
   Una mujer de bellos ojos completa el grupo. Está atrás de él, en la cabecera. Su gesto, de secarle el sudor de la frente, indica que no es como los otros. No temas, será rápido y sin dolor ―dice―. Aquella voz congela sus oídos. Volver a escuchar no lo hace feliz.
   Los hombres, enfundados en una túnica ritual, lo cubren con lienzos oscuros; sólo el signo trazado en el vientre queda expuesto. Por fin observa de frente a la mujer de los cuchillos. No se equivocó: tiene mirada perversa y brilla en sus manos la hoja de un puñal.
   Un pedazo de tela cae en su rostro, la negrura insondable sustituye al resplandor cenital. Los latidos de su corazón apenas lo dejan oír. Escucha frases antiguas que parecen nuevas, como si se pronunciaran por vez primera.
  ― ¿Puedo iniciar? ―pregunta una voz grave en la que tiembla el enfado.

  ―Adelante, ya puede empezar ―responde la mujer de voz glacial.

martes, 1 de julio de 2014

¿Qué hace el urólogo?



  Algunas veces me han preguntado: ¿Qué hace el urólogo?, este cuestionamiento me lo han hecho personas que recién conozco e incluso pacientes a quienes atiendo de algún problema urológico. Tan frecuente es el asunto que de alguna manera me he resignado a ser especialista de una disciplina algo misteriosa. Sin duda influye la etimología de la palabra urología. El vocablo proviene del griego ορον (orina) y logía, entonces su significado sería tratado de la orina, lo cual no dice mucho. Si buscamos en el diccionario encontraremos la siguiente definición: Parte de la medicina referente al aparato urinario. Si buscamos urológico, encontraremos: perteneciente o relativo a la urología, si persistimos e investigamos  la palabra urólogo, encontraremos lo siguiente: Especialista en urología.
   Sin embargo la especialidad es mucho más que un tratado de la orina y su campo de acción es más amplio. Cierto, el urólogo es el médico adiestrado en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades del aparato urinario como infecciones y malformaciones, en el estudio y resolución de litiasis (piedras) de las vías urinarias (riñón, uréter y vejiga), así como el diagnóstico y manejo del  cáncer de riñón, de próstata y vejiga. Pero la disciplina abarca más cosas; incluye el aparato genital masculino, pene y testículos; el especialista cura las enfermedades  de estos órganos (infecciones comunes, enfermedades venéreas y cánceres penianos y testiculares). Asimismo el urólogo es el profesional entrenado para curar condiciones tan molestas y devastadoras en la vida social y de pareja como la incontinencia urinaria y la disfunción eréctil, asimismo estudia y trata la infertilidad masculina. Como puede verse no es un médico exclusivo de viejitos o sólo de problemas obstructivos de la próstata; atiende mujeres y hombres de todas edades en una extensa gama de problemas.
   Es necesario puntualizar que el urólogo tiene un amplio arsenal de recursos terapéuticos, médicos, quirúrgicos y endoscópicos, que es el precursor de la cirugía endoscópica y que está en la vanguardia del desarrollo de la cirugía de mínima invasión. Por hoy me aguanto las ganas de explicar por qué se considera a la urología el origen de la cirugía y sólo agrego algo que para estas alturas, para los que leyeron hasta aquí, es evidente: Estoy orgulloso de ser urólogo.  

miércoles, 18 de junio de 2014

Día de la enfermera












                                                                                                           Ramón Cortez Cabello.

El Creador repartía dones a varias mujeres; cada una oía sus palabras y dejaba el lugar a la siguiente. Probidad, fortaleza y saber… Aplomo, sacrificio y cordialidad… Entereza, ingenio y disposición
   Quedaban sólo dos mujeres, cuando un ángel preguntó: ¿Qué haces, Señor?  
  ― Estoy creando a las enfermeras y les doy cualidades según su procedencia –contestó Dios sin interrumpir su labor-. Compasión, destreza, gracia, pericia, aplomo, tenacidad, honradez, belleza, ingenio, cordialidad y abnegación.
   Al notar que daba más dones a la penúltima, dijo el ángel: Cuando creaste los países, fuiste muy generoso con México. ¿Me equivoco si pienso que la enfermera que acabas de formar es la de ese país?
  ―No te equivocas, ella es la enfermera mexicana.
   El señor siguió trabajando: Dulzura, ingenio, bondad, belleza, compasión, tenacidad, sacrificio, pericia, serenidad, calidez, temple, experiencia, generosidad, diplomacia, talento, afecto, limpieza, probidad, inteligencia, paciencia, belleza, aplomo, integridad, constancia, tenacidad, fortaleza, paciencia y calidad.
   Al retirarse la última, el ángel preguntó: Y esta, ¿a qué país va?
  ―A México, hijo mío.
  ―Pero… ya mandaste una, ¿por qué también envías a la que has dado más virtudes?
  ―Es que a ésta enfermera la envío directo al IMSS; ahí solo aceptan a las mejores.

martes, 10 de junio de 2014

La cantante

    





   

                                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello
      Fue en la Clínica 6 de San Nicolás, era R4, estaba de guardia  y me había llamado el Dr.  Cannabis.
  ― ¡Nunca me había alegrado tanto verte, Galeno! –Dijo el R3 al verme-.  Un post operado que sangraba profusamente era el motivo de su alegría por mi arribo; la responsabilidad del paciente ahora me pertenecía.
   Ya en la sala de operaciones, evacuados los coágulos, fulgurados los vasos sangrantes y resuelto el problema del enfermo, alejada la angustia,  me quejé del silencio que habitaba el quirófano (vamos, ni el anestesiólogo llevaba grabadora).
  ―Lupita canta bien padre, doctor –dijo la instrumentista.
   En los ojos de la enfermera circulante brilló el reproche ante la delación de su compañera. Con todo, no batallamos para convencerla de que cantara alguna melodía.  Oírla fue como encender la luz en un cuarto oscuro, su voz inundó la sala y nos llenó de emoción.  Con la última nota concluyó también la cirugía… no hubo oportunidad de pedirle otra canción. 
   Fue la primera vez que oí la que sería una de mis canciones favoritas. Cuando escuché  Ten cuidado con el corazón en voz de Ale Guzmán sentí que algo le hacía falta, que la joven enfermera la cantaba mejor.  
   Nunca volví a ver a Lupita, y lo que es peor, nunca la volví a escuchar.

martes, 27 de mayo de 2014

Cápsulas de sabiduría (Los médicos).




   Vuestra más alta ciencia es tan sólo quimera, vanidosos e insensatos galenos.
                                                                                                                               Moliere

   Médico. Alguien a quien lanzamos nuestras súplicas cuando estamos enfermos, y nuestros perros cuando nos hemos curado.
                                                                                                                   Ambrose Bierce

      Los médicos, los sacerdotes, los magistrados y los oficiales conocen a los hombres como si los hubieran hecho.
                                                                                                                   Jean Paul Sartre

   Si los marineros tratasen malamente al piloto, o los enfermos injuriasen de palabra al médico, ¿a qué otro podrían apelar?
                                                                                                                     Marco Aurelio.

   Al luxado, al que padece un absceso, al que le atormenta una fístula y al que sufre de una úlcera, no el placer, sino el dolor ha de curarlos.
                                                                                                                               Epicteto.

   Cuando un médico va detrás del féretro de su paciente, a veces la causa sigue al efecto.                                                                         
                                                                                                                      Roberto Koch.

   El médico ve al hombre en toda su debilidad; el jurisconsulto en toda su perversidad; el teólogo en toda su necedad.
                                                                                                                     Schopenhahuer

     La salud es la primera de todas las libertades.                                 
                                                                                                                                 Amiel.

  El médico solo es el ayudante de la naturaleza.                               
                                                                                                                               Galeno.

  El médico debe ser el auxiliar de la naturaleza, no su enemigo.
                                                                                                                             Paracelso.

  Lo que las medicinas no pueden curar, puede curarlo el bisturí, lo que no puede curar el bisturí, puede curarlo el cauterio, lo que el cauterio no puede curar, es incurable.                                                                                            
                                                                                                                        Hipócrates.

  Forma parte de la curación el deseo de ser curado.                         
                                                                                                                             Séneca.

  El primer paso hacia la cura es conocer la enfermedad. (Ad sanitatem gradus est novisse morbum)                                                               
                                                                                                              Proverbio latino.

   Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos.
                                                                               Miguel de Cervantes Saavedra

  Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estomago.                                          

                                                                                      Miguel de Cervantes Saavedra