jueves, 30 de abril de 2015

La ejecución.






La ejecución
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
   Serrano estaba todo quemado, de las flictenas de su piel salía vapor blanco. Aunque siempre fue bravo, no pudo ayudar a sus camaradas. Sólo esperaba el final.
   Lechuga fue zambutido en un tambo con agua. Lo sacaron después de un rato; mejor ahí se hubiera quedado: a cuchilladas lo hicieron pedacitos. También pepenaron a su amiga, la que presumía de estar bien parada. A tirones le arrancaron la melena, la desollaron y la cortaron en pedazos… pedazos muy pequeños. ¡Pobre zanahoria!

   Bien lo decía mi madre: ¡Dios te libre, Brocolito, de caer en manos de un vegetariano! 

sábado, 21 de febrero de 2015

Mi amigo boxeador


















Mi amigo boxeador.
Por Ramón Cortez Cabello.

   Hace más de veinte años, en Nuevo Laredo, estaba viendo el box, hacía un calor que ni la cerveza alcanzaba a matizar. Me sorprendió muchísimo ver en la pantalla a mi amigo Mario Coronado Gómez; estaba dándose de golpes con un tipo al que apodaban el Baygón.
   La pelea era encarnizada, puro dame que te doy, ninguno de los boxeadores cejaba en su intento de noquear al otro.  Mientras miraba el intercambio de golpes recordé mis años en la Facultad de Medicina de la UANL, su vieja biblioteca y las noches que pasé en ella, en parte estudiando, parte viendo a las muchachas y mayormente durmiendo. Muchas de esas veladas las compartí con Mario.
   Fue durante un torneo de box organizado en la facultad (si, en la escuela de medicina), donde Coronado descubrió su talento boxístico. De carácter reservado, tranquilo y hasta tímido mi amigo se inscribió en dicho certamen más empujado por el entusiasmo de otro compañero que por las ganas de intercambiar puñetazos. Me tocó a mí, junto con otro amigo, El Chilango, oficiar como su second en ese torneo. Recuerdo que íbamos rumbo al ring, los seconds caminábamos con la tranquilidad de saber que no recibiríamos ni un rasguño, Coronado iba muy nervioso a su primera pelea. No era de pleito y básicamente  ignoraba cuándo o en qué momento tirarle golpes a un rival al que tenía más ganas de dispararle un refresco que puñetazos. El Chilango se lo aclaró rápidamente:
  ―En cuanto suene la campana tú dale de putazos.
   Mario no siguió la sabia indicación de nuestro amigo, se veía engarrotado, los brazos pegados al cuerpo, estudiaba a su rival dando vueltas sobre el ring, no se animaba a atacar primero. Fue hasta que el adversario tuvo la mala idea de tirar un golpe que algo mágico sucedió. Con un elegante movimiento de cintura Coronado esquivó el golpe y, en una acción fulgurante, con un volado de derecha a la mandíbula envió a su rival a la lona, completamente noqueado. Había nacido un boxeador. Así inició su carrera pugilística, por supuesto ganó ese torneo, después un estatal y luego se hizo profesional. La pelea que vi por televisión la perdió por decisión.
   Por mucho tiempo le perdí la huella, terminé la carrera, hice la especialidad, estuve en Nuevo Laredo, luego me vine a Saltillo, pasaron cerca de diez años luego de que lo vi en televisión. Un día un compañero del hospital me dijo:
  ― ¿Ya viste a Coronado?
  ― ¿Qué Coronado? –pregunté a mi vez.
   El nuevo urólogo…  preguntó por ti –respondió-. No sé qué me sorprendió más, si saber que había un nuevo especialista en el hospital o que éste me conocía. Traté de recordar a un urólogo de apellido Coronado y no pude. Si me hubieran dicho que éste se llamaba Mario, lo habría recordado de inmediato.

   Fue una gran sorpresa verlo después de veinticinco años. Siempre es una alegría saludar a un buen boxeador,  a un excelente urólogo, pero sobre todo un gran amigo.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los tres nombres del guerrero. (Fragmentos).








El ombligo

   El gran guerrero quiso enterrar el ombligo de su hijo en  el campo de batalla donde obtuviera su mayor victoria, así el recién nacido sería un militar glorioso. Muchos triunfos consiguió aquel hombre, pero tras lograrlos el sitio donde los obtuvo le parecía indigno de alojar el ombligo. Lo enterraré en el campo del próximo combate, de esta manera será mejor su destino –pensaba.
   Pasaron los años y el ombligo seguía oculto en una bolsita de su maxtlatl. Aunque las victorias eran cada vez mayores, el seco tejido aún esperaba ser enterrado.
   Cuando el gran guerrero fue apresado por los mexicas, supo que no viviría mucho. Al llegar a Tenochtitlán sepultó ahí el cordón umbilical. Aunque no lo hizo en el sitio de su mayor victoria, sino en tierra de sus captores, estaba convencido de que no había mejor lugar para hacerlo: de esta manera su hijo alcanzaría la gloria en aquella ciudad.

   Aquel hombre fue quizás el primero en pensar que la Gran Tenochtitlán podía ser derrotada.




El nuevo sol

      Tenochtitlán. Año 3-casa, día 2-muerte/ 14 de agosto de 1521
   Solo se oía el rumor del llanto, no se escuchaban ni cantos ni música en los templos. Aunque la sangre inundó Tenochtitlán, no era ésta ofrendada a los dioses, era un horrendo desperdicio. Corría libre por las calles, manchaba las paredes, se diluía en el lago y mojaba los cadáveres que todo lo cubrían.
    Ayer no hubo quien oficiara alguna ceremonia. Aunque hoy llegó la luz del día, no es el sol de siempre, es un nuevo Tonatiuh triste y desolado. Sus rayos no iluminan a la noble ciudad mexica, su luz desnuda el más enorme de los cementerios.
   La profecía tenía razón: El día que no se honre al sol, se acabará el mundo.

   Tenochtitlán ya no existe, los mexicas han sido vencidos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La buena acción. (Texto incluido en el libro, Primeras armas (IMCS, 2007)







La buena acción
                                                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
    Descubrió que el calor disminuye el número de peatones pero aumenta la compasión, que hay más limosna cuando se es el único mendigo de la calle.
   La cercanía de unos pasos enérgicos aumentó el tono dolorido de sus ruegos.
  ― ¡Una ayudita, socorra a este inválido!
   El tintineo de una moneda lo alegró; el bote ya no estaba solo.
  ― ¡Gracias, gracias, Diosito le dé más!
   Al no escuchar las botas alejándose, imaginó al hombre viéndolo con lástima.
  ― ¡Ay señor! Que triste vida me tocó, no sólo no tengo piernas, también soy ciego…
  ― ¡Además es ciego!
   La voz áspera tenía un dejo de ternura; la mano incrédula formó una brisa al pasar repetidamente  ante su rostro.
 ― Si señor, de los dos ojos ―remachó.
   El sonido de unas monedas al caer recompensó la confidencia.
  ― ¡Uta! Se las ha visto negras, Don.
  ―Por culpa del azúcar, primero me mocharon una pierna, luego otra. Creí que no podía ser peor, pero quedé ciego y me dejaron mi esposa y mis hijos, desde entonces estoy solo, pidiendo caridad.
  ― ¡Que cabrones!...
  Su mano fue confortada por la caricia de un billete, lo mareó el olor a loción cara. La voz ruda se volvió susurro indignado.
  ― ¡Mire!… digo, oiga, voy de prisa pero si puedo ayudarlo en algo, nomás dígame.
  ― ¡Sólo Dios podría acabar con mis sufrimientos para siempre!
 ―Cierto, pero ¿sabe qué?… Diosito ya lo oyó.
   Lo último que escuchó después de los disparos, fue el eco de unos pasos alejándose.



Texto aparecido en el libro: Primeras armas (IMCS, 2007)

sábado, 2 de agosto de 2014

El nuevo arte del boxeo.








El nuevo arte.
                                                    Por el poeta del deporte
    Es un virtuoso que hace de su oficio filigrana y polvo de sus rivales. Un genio que, cómo escultor que moldea la roca con su cincel, acaba golpe a golpe con la sana apariencia de sus oponentes. Su obra final  son hombres en ruina, piltrafas. Han producido sus puños más personajes trágicos que Sófocles; estos papeles, huelga aclararlo, son representados por sus contrincantes.
   ¿Quién lo diría? sus contiendas recrean el origen de la música. Éste arte no nació con el paso del viento a través de arbórea fronda o por estrechos canuto, no, la música se originó en las percusiones. Los puños de éste pugilista extraen a sus adversarios, cómo las mazas a los bombos, rotundos sonidos que, unidos al bullicio del público, amalgaman una salvaje melodía que excita y enloquece.
   Su forma de colorear el lienzo al que en forma de púgil se enfrenta, lo iguala a un pintor  que usa rojos y morados a pasto, que derrocha tonos carmesí en la faz del rival.
    Sus peleas terminan siempre con el adversario en  el piso. Aunque el final sea reiterativo, vale la pena verlo desplegar su habilidad. Su grandeza no está en las victorias, sino en su capacidad para crear un arte nuevo: el arte del boxeo.


   San Antonio, Texas 1855.
                Fragmento de la novela Cuando vuelvan los gorriones (Ramón Cortez Cabello, UAdeC 2008).

martes, 22 de julio de 2014

El sparring (Fragmento de la novela "Cuando vuelvan los gorriones")





El sparring
(Fragmento de la novela, Cuando vuelvan los gorriones, de Ramón Cortez Cabello)

   Desde David contra Goliat no se presentaba tanta disparidad entre dos rivales; una diferencia de más de cuarenta kilos y treinta centímetros a favor del pugilista más experimentado. Una lucha entre un galgo y un león sería más pareja.    
  ― Mmm, no se. Está muy chico –dijo el hombretón.
   ― ¡Bah! Ya tiene diez y ocho años –respondió su interlocutor.
   ― Me refiero al tamaño; de Paddy salen dos muchachos cómo éste.
   ― ¡Por eso!, el chico tiene más movilidad, si puedes conectarlo a él, con mayor razón al mastodonte ese –arguyó el otro.
  ―Yo peso más que Paddy –aclaró el peleador.
  ―¡Mejor todavía!, más fuerte y más rápido…claro, esto último si entrenas con mi peleador; vamos John, necesitamos el dinero.
   “Está bien –dijo John, más resignado que convencido- cinco rounds.”
   El joven se introdujo en el ring e hizo movimientos calisténicos; al sacarse el suéter se miraba más flaco. Los presentes miraban con sorna la escena, un auxiliar fungía como arbitro, la campana convocó a la acción. El pelo rubio cubría la frente del muchacho, en sus azules pupilas brillaba una confianza a la que nadie en su sano juicio concedería algún sustento. La guardia del más corpulento estaba armada con desgano y tenía en el rostro una sonrisa que su atildado mostacho no alcanzaba a cubrir. 
  -¡Eh John! ¿No tienes miedo perder? –gritó alguien. 
   La sonrisa del grandote se hizo carcajada y lanzó un manotazo, más con afán de divertirse que de lastimar; a su gracia la festejaban las risas de los presentes.
   El joven eludió la bofetada y conectó un gancho al mentón, el ruido, semejante al de un mazo golpeando una roca llenó el gimnasio. El enorme tipo dio con sus robustas nalgas en el piso, el puñetazo también apagó las risas.
   El hombre miraba desde el suelo al muchacho, sacudió su cabeza. Los bigotes perdieron la goma, una guía apuntaba arriba y la otra abajo.
   Se puso de pie rápido, “estaba mal parado –pensó-, el mareo debe ser por las cervezas de anoche”. Abría y cerraba las manos, cuando las cerró bien, crujieron los dedos. Sus músculos tensos cómo gatillo estaban listos para disparar golpes. Fue en busca del atrevido; tenía que enseñarle a respetar.
   Con sus ondulaciones de cintura y pequeños saltos, el sparring semejaba un bañista a punto de ser aplastado por un tsunami.
   El coloso se desembrazó, sus puñetazos serían capaces de cimbrar una pared o tirar al muchacho… si lo conectaran. El chico por su parte no fallaba. El rostro de John estaba rojo, más por la rabia que por los impactos recibidos. Aquel joven se escurría como puerco engrasado. El round terminó sin que pudiera dar un golpe.
   Al final del cuarto round, John había lanzado ciento treinta y cinco puñetazos: ninguno dio en el blanco. Su ánimo pasó de la ira a la frustración y la impotencia.
   El muchacho se mantenía a la distancia ideal para no ser golpeado: lejos o muy cerca, cómo esos mellizos pegados de los circos. Cuando John buscaba atraparlo se volvía inasible. Era la batalla del cañón de poderosa y errática metralla contra una certera carabina con balas de algodón; la lucha del mosco contra el león: aleteo de insecto rebotando en el duro cuero; picotazos de pájaro en corteza de roble: exasperantes pero sin fuerza para derribarlo.
   Durante el minuto de descanso, el sparring respiraba tranquilo, el sudor que corría por su piel era la única huella de la sesión. En la otra esquina el rival bufaba rencoroso, tampoco él estaba lastimado, pero tenía el orgullo en carne viva.
   En el quinto asalto el muchacho continuó su golpeo impune. Fue el round en que menos golpes tiró John: dos. Para mala suerte del sparring conectó ambos. El primero: un gancho a la quijada, lo dejó inmóvil sobre sus piernas; al segundo, el recto que le tumbó los dientes y floreó la boca, no lo sintió: ya estaba noqueado al recibirlo.
   Al sparring nadie le creyó que había boxeado cinco rounds con el campeón, mucho menos que lo había derribado; mostrar las despobladas encías cómo prueba de su dicho tampoco era convincente. Se desesperaba de llevar en su cuerpo las huellas de los golpes y que nadie le creyera. “Si hubieses peleado con john, te habría matado” -le soltaban.
   No es posible saber si aquel entrenamiento le sirvió; lo cierto es que el siete de febrero de 1882, John L. Sullivan ganó el campeonato mundial de peso completo al noquear a Paddy Ryan. Sullivan nunca perdió en combates a puño desnudo. Diez años después, al aplicarse las reglas del Marqués de Queensberry, tuvo que pelear con guantes y perdió el titulo ante Jim Corbett.



sábado, 5 de julio de 2014

Cápsulas de sabiduría (La amistad).





La amistad

   ¿Tienes un amigo? Tenlo bajo prueba, y no tan pronto pongas en él tu confianza, porque hay amigos que se ajustan al buen tiempo, pero no persisten en días de infortunio.
                                                                                                           Jesús Ben Sirak

   No se conoce en la dicha al amigo, ni se oculta en la desgracia el enemigo.
                                                                                                                Jesús Ben Sirak.

   ¡Malditos sean los amigos en quienes envejece la gratitud y van olvidando los beneficios!
                                                                                                                          Eurípides.

      Amistad: barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.
                                                                                                                   Ambrose Bierce

   El repudiar a un buen amigo es como sacrificar la propia vida, que es lo que más se estima.
                                                                                                                              Sófocles.

   Las amistades que se adquieren a un precio, y no con la grandeza y la nobleza del alma, se compran pero no se poseen, y en el momento necesario no se dispone de ellas.
                                                                                                            Nicolás Maquiavelo.

     Un amigo no es más que una alma que habita en dos cuerpos diferentes.
                                                                                                                        Oscar Wilde.

      Los amigos se dicen sinceros; ¡los enemigos si que lo son!
                                                                                                                     Schopenhahuer

   Como el oro amarillo se prueba en el fuego, así la fe de la amistad debe verse en la adversidad.                                                         
                                                                                                                         Ovidio.

 Amigos uno o ninguno,
toma  de mí este consejo;
que uno sobra, siendo malo,
y uno basta, siendo bueno.
                                                                                 Juan Martínez de Cuellar

   Mientras amamos, servimos; mientras somos amados por otros, casi diría yo que somos indispensables; y ningún hombre es inútil mientras tiene un amigo.
                                                                                                      Robert Louis Stevenson.


   Las amistades de un hombre son la mejor medida de su valor.
                                                                                                            Charles Darwin.

   La disolución de la amistad personal cuenta entre las ocurrencias más dolorosas de la vida humana.
                                                                                                         Thomas Jefferson.

      La amistad es una sola alma en dos cuerpos distintos.
                                                                                                                        Aristóteles.

   Lego a Areteo el cuidado de alimentar a mi madre y de sostenerla en su vejez; a Carixeno le encomiendo el casamiento de mi hija, y además que la dote lo mejor que pueda. En el caso de que uno de los dos venga a morir, encomiendo su parte al que sobreviva.
                                                                                                Testamento de Eudómidas


   No hay mejor remedio contra la auto adulación que la libertad de un amigo.
                                                                                                                   Francis Bacon.

   La amistad es el punto medio entre la adulación y la hostilidad, y se muestra en los actos y en las palabras.                                      

                                                                                                                         Aristóteles.

martes, 1 de julio de 2014

¿Qué hace el urólogo?



  Algunas veces me han preguntado: ¿Qué hace el urólogo?, este cuestionamiento me lo han hecho personas que recién conozco e incluso pacientes a quienes atiendo de algún problema urológico. Tan frecuente es el asunto que de alguna manera me he resignado a ser especialista de una disciplina algo misteriosa. Sin duda influye la etimología de la palabra urología. El vocablo proviene del griego ορον (orina) y logía, entonces su significado sería tratado de la orina, lo cual no dice mucho. Si buscamos en el diccionario encontraremos la siguiente definición: Parte de la medicina referente al aparato urinario. Si buscamos urológico, encontraremos: perteneciente o relativo a la urología, si persistimos e investigamos  la palabra urólogo, encontraremos lo siguiente: Especialista en urología.
   Sin embargo la especialidad es mucho más que un tratado de la orina y su campo de acción es más amplio. Cierto, el urólogo es el médico adiestrado en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades del aparato urinario como infecciones y malformaciones, en el estudio y resolución de litiasis (piedras) de las vías urinarias (riñón, uréter y vejiga), así como el diagnóstico y manejo del  cáncer de riñón, de próstata y vejiga. Pero la disciplina abarca más cosas; incluye el aparato genital masculino, pene y testículos; el especialista cura las enfermedades  de estos órganos (infecciones comunes, enfermedades venéreas y cánceres penianos y testiculares). Asimismo el urólogo es el profesional entrenado para curar condiciones tan molestas y devastadoras en la vida social y de pareja como la incontinencia urinaria y la disfunción eréctil, asimismo estudia y trata la infertilidad masculina. Como puede verse no es un médico exclusivo de viejitos o sólo de problemas obstructivos de la próstata; atiende mujeres y hombres de todas edades en una extensa gama de problemas.
   Es necesario puntualizar que el urólogo tiene un amplio arsenal de recursos terapéuticos, médicos, quirúrgicos y endoscópicos, que es el precursor de la cirugía endoscópica y que está en la vanguardia del desarrollo de la cirugía de mínima invasión. Por hoy me aguanto las ganas de explicar por qué se considera a la urología el origen de la cirugía y sólo agrego algo que para estas alturas, para los que leyeron hasta aquí, es evidente: Estoy orgulloso de ser urólogo.  

jueves, 26 de junio de 2014

Cápsulas de sabiduría (La adulación).












   Los que tienen almibarada la lengua, váyanse a lamer con ella la grandeza estúpida y doblen los goznes de sus rodillas donde la lisonja encuentre galardón
                                                                                                                         Shakespeare
   ¿Habrá quien adule al pobre?
                                                                                                                         Shakespeare

   Para conquistar a la gente, el mejor recurso es presentar, a sus ojos, sus mismas inclinaciones, asentir a su forma de vida, alabar sus defectos y estar de acuerdo en todo lo que hacen.
                                                                                                                                Moliere.

   No hay otra forma de guardarse de las adulaciones que la de hacer comprender a los hombres que no te ofenden si te dicen la verdad; pero, por otra parte, si todos pueden decirte la verdad, dejan de guardarte respeto.
                                                                                                            Nicolás Maquiavelo.

   ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te extiendes, y cuán dilatados límites son los de tu jurisdicción agradable!                       
                                                                                         Miguel de Cervantes Saavedra.

     El día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con que cebar el pico del adulador, que aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras.                                                   
                                                                                          El Licenciado Márquez Torres


   No hay mejor remedio contra la auto adulación que la libertad de un amigo.

                                                                                                                   Francis Bacon.

miércoles, 18 de junio de 2014

Día de la enfermera












                                                                                                           Ramón Cortez Cabello.

El Creador repartía dones a varias mujeres; cada una oía sus palabras y dejaba el lugar a la siguiente. Probidad, fortaleza y saber… Aplomo, sacrificio y cordialidad… Entereza, ingenio y disposición
   Quedaban sólo dos mujeres, cuando un ángel preguntó: ¿Qué haces, Señor?  
  ― Estoy creando a las enfermeras y les doy cualidades según su procedencia –contestó Dios sin interrumpir su labor-. Compasión, destreza, gracia, pericia, aplomo, tenacidad, honradez, belleza, ingenio, cordialidad y abnegación.
   Al notar que daba más dones a la penúltima, dijo el ángel: Cuando creaste los países, fuiste muy generoso con México. ¿Me equivoco si pienso que la enfermera que acabas de formar es la de ese país?
  ―No te equivocas, ella es la enfermera mexicana.
   El señor siguió trabajando: Dulzura, ingenio, bondad, belleza, compasión, tenacidad, sacrificio, pericia, serenidad, calidez, temple, experiencia, generosidad, diplomacia, talento, afecto, limpieza, probidad, inteligencia, paciencia, belleza, aplomo, integridad, constancia, tenacidad, fortaleza, paciencia y calidad.
   Al retirarse la última, el ángel preguntó: Y esta, ¿a qué país va?
  ―A México, hijo mío.
  ―Pero… ya mandaste una, ¿por qué también envías a la que has dado más virtudes?
  ―Es que a ésta enfermera la envío directo al IMSS; ahí solo aceptan a las mejores.