domingo, 4 de febrero de 2024

01 02 2024

 








01 02 2024

Hoy, los canales deportivos, especialistas en boxeo, lamentaron la muerte de Carl Weathers, padre de un Épico Boxeador de Película. Muchos personajes mejoran el mundo en la ficción; muy pocos salen de la pantalla y habitan el mundo real. Apollo Creed fue uno de ellos.

viernes, 15 de diciembre de 2023

Don Gabriel

 










Don Gabriel

                                                                                                    Ramón Cortez Cabello

 

Cuando lo conocí, debido a la calvicie prematura aparentaba mayor edad, la expresión de su rostro era seria y algunos la confundían con hosquedad. Quienes al inicio juzgaban hostil su rostro no tardaban en reconocer su bonhomía y gran sentido del humor. Fumador entusiasta, nunca hablaba si no era necesario hacerlo. Sí, así era: reacio a la campechanería que abarata los gestos de aprecio y cariño a sus allegados.

   Cirujano nato, equipado con manos sensitivas y dedos cautos; en medio de situaciones de vida o muerte su tranquilidad era remanso donde surgía la solución a graves problemas que otros podrían juzgar irresolubles.

    Se lavaba rápido cuando alguien, envuelto en un problema transoperatorio, pedía: Háblenle a Don Gabriel. Con calma contagiosa, tras integrarse al equipo quirúrgico, solía decir: A ver, retiren el taponamiento, las compresas se quitaban y un lago de sangre cubría de inmediato el campo operatorio. Sus manos pequeñas se deslizaban entre órganos abdominales y retroperitoneales como peces en el mar, mientras, el nivel de la sangre seguía subiendo. Hablaba como si narrara un documental científico y no la película de terror que vivía el cirujano que solicitó ayuda. Mmmh, aquí tengo una arteria, la renal, páseme una pinza de ángulo, señorita. Pinzada la estructura vascular que detectó por el pulso propio de la misma, dijo: El problema no está resuelto, aquí tengo una vena, ángulo, por favor.

   ¿Cómo supo que tenía entre sus dedos una vena que no pulsa? ¿Cómo detectó con índice y pulgar izquierdos que la Vena Cava tenía una lesión y colocó en ella una pinza de Satinski? Nunca lo supe, por eso no pocos pensábamos que, en alguna parte de sus manos, como en la mano símbolo de la cirugía, mi maestro tenía un ojo. Además, resolvía ese tipo de problemas sin mayor aparato, sin el boato y avidez de elogios a que tan afectos son algunos cirujanos.

   Era el jefe de servicio de urología cuando recién llegué a la Clínica #25 del IMSS. Sabiendo que algunos galenos se sienten desnudos si no les llaman, “doctor”, al principio me extrañó que mis compañeros de grado superior lo llamaran Don Gabriel.

   La extrañeza no duró mucho. Entendí que le decían así porque era un señor en todos los aspectos.

miércoles, 2 de febrero de 2022

 



Simbiosis

La magia se da entre libro y lector, entre un lector y su libro.

Son mecanismo que no funciona sin uno u otro; uno es puerta, otro es llave.

Uno invita, otro acepta, la perfección se da cuando los dos están dentro.

Uno es camino, otro es viajero, ambos son aventura.

Uno es aurora, día luminoso el otro, juntos son eternidad.

Uno quiere ser, el otro inspira.

Uno es consecuencia del otro, cada quien, por su lado, está incompleto.

Uno es todo con el otro. 

La conjunción libro - lector es la única simbiosis entre un ser vivo y un objeto.

                                                                                                    Ramón Cortez Cabello.                                                                                 

 


jueves, 6 de enero de 2022

Día de la enfermera

 








Definiciones importantes para este 6 de enero:
Ramón Cortez Cabello
Enfermera: Mujer luminosa que ayuda a los enfermos a recuperar la salud. Ellas entibian la sabiduría con su dulzura. Para ser enfermera, además de un sólido programa científico, se requieren empatía, paciencia, ternura y fortaleza.

Enfermero: Cursa los mismos estudios que sus colegas femeninas, pero viene dotado de fuertes músculos, vello abundante, voz ronca y aspecto rudo. Sin embargo, al igual que ellas, tiene un corazón más dulce que la miel.

Enfermería: Disciplina que restaura la salud por medio de la ciencia, cariño y dedicación de sus oficiantes.


Felicidades
a tod@s mis amig@s enfermer@s en su día.


sábado, 18 de diciembre de 2021

La carta de la letras

 

Les comparto mi cuento, La carta de las letras. Texto que obtuviera el primer lugar en la modalidad de cuento, en el Concurso de Tesis, Ensayo y Cuento 2008, convocado por el entonces IEDF (Instituto Electoral de Distrito Federal). Es un escrito que me ha dado muchas satisfacciones. Se publicó con un tiraje de 5000 ejemplares lujosamente editados. Además, fue publicado como audiolibro con un tiraje de 6000 CD’S, si mal no recuerdo. La ilustración del cuento corrió a cargo de la talentosa artista, Tania Dinorah Recio.




































martes, 14 de diciembre de 2021

Área blanca

 





Área blanca

                                                                     Ramón Cortez Cabello

 

― ¡Oiga esta es un área estéril! ―dijo Carlotita.

    ― ¡Cállate culera!, o te carga la verga ―respondió uno de los sicarios.

   “El pedo no es con ustedes, dijo el otro, pónganse junto a la pared y nada les pasará.” Quise decir algo, pero el tipo me atajó: “Usted ya hizo su trabajo, ahora yo haré el mío”. No dije más, es difícil hacerlo cuando te apunta una metralleta. Fui a reunirme con las doctoras y enfermeras, pretendí no tener miedo cuando les dije: “Tranquilas, todo va a estar bien”. Los pistoleros se acercaron a la mesa de operaciones y con sus cuernos de chivo le volaron la cabeza al paciente que operábamos.

   Después me enteré que había otros matones en recuperación, que otros tomaron el área de urgencias y que el operativo duro pocos minutos. Puedo decir que a mi paciente lo mataron dos veces. Llegó sin signos vitales al hospital, le dimos reanimación cardiopulmonar y, luego de tres horas de operación, habíamos cerrado una lesión de vena cava, extirpado el riñón derecho y reparado el hígado, cerrábamos piel cuando llegaron los sicarios. La última tensión arterial estaba en 110/70. El baleado no iba a morirse, al menos no en cirugía y era probable sobreviviera: se salvó de los tiros que le dieron en la calle, pero no de los recibidos en quirófano.

Es impactante ver cómo matan a alguien a corta distancia. Ya luego pensé en la estupidez de querer razonar con sujetos armados. Por fortuna aquellos tipos sólo mataron a su objetivo y no a quienes hicimos alguna pendejada. Tiempo después nos reímos mucho de Carlotita, sólo a ella se le ocurre regañarlos por no traer ropa estéril. 
 



sábado, 23 de octubre de 2021

¿Hay aquí un doctor?

 



¿Hay aquí un doctor?

                                                                           Ramón Cortez Cabello

Con cierta frecuencia, en foros de internet y redes sociales, surge una discusión: ¿Es correcto llamar doctor a los médicos? Debo decir que, en algunos participantes de esas escaramuzas, más que celo lingüístico, he notado cierta envidia, quizás por el prestigio del que aun gozan los galenos. La verdad no creo haya razón sólida para engancharse en tal debate. No argüiré que el uso del vocablo doctor, para nombrar a los médicos, se contempla en el diccionario, en la segunda acepción de esa palabra. Tampoco mencionaré que la profesión médica es más antigua que el término, o que al principio este último se usaba en exclusiva para nombrar a los oficiantes de la primera. Sólo una cosa diré: El día que, en una sala de espectáculos, campo deportivo, fábrica, calle o cualquier otro sitio se escuche el grito: “¡Auxilio! ¡un doctor!”, y todos sepan que esa exclamación urge la presencia de alguien doctorado en Filosofía, Física Cuántica u otra ciencia y no de un médico, hasta entonces, podríamos discutirlo. Mientras tanto, disculpen, debo retirarme, voy con el doctor a mi control de diabetes.

 

jueves, 21 de octubre de 2021

Gargantilla

 



Gargantilla

                                                                                       Ramón Cortez Cabello

Aunque no era cómodo portarla, muchas veces olvidaba que la traía puesta. En todo caso, las molestias se compensaban con el furor que el collar causaba en el sexo opuesto. “Su éxito con las hembras, decían unos, es gracias a esa rara joya.” No faltó quien buscara colocarse una alhaja semejante. Esfuerzo inútil, sólo él poseía algo así. Otros decían: “el adorno nada tiene que ver, su atractivo se debe a su frondosa cornamenta.” A él no le interesaba saber qué lo hacía tan seductor, sólo gozaba y desperdigaba su semilla. Un día cayó dormido en el campo, tuvo un mal sueño. Cuando despertó se dio cuenta que la pesadilla apenas empezaba. Le habían robado el collar mágico y habían talado su majestuosa cornamenta.






lunes, 10 de mayo de 2021

El sueño

 


El sueño.

                                                                                                                                                              Ramón Cortez Cabello  

Soñé a mi madre. Mis ojos infantiles la vieron en su cama, parecía dormida, era una tarde calurosa. Traía un vestido floreado en varios tonos de azul. Me acosté a su lado, abrió los ojos, me miró con asombro y preguntó preocupada: “¿Qué pasó, hijo?” “Nada, sólo quiero abrazarte,” respondí. La preocupación huyó de su rostro y me cobijó en sus brazos. Sentí su piel, su olor inconfundible, su amor. Luego, cuando el hombre de sesenta años que ahora soy recordó que ella está muerta, desapareció.

   No estoy triste, me hizo feliz volver a verla.


domingo, 29 de noviembre de 2020

Astronomía Boxística

 

   
   

                                                                 Astronomía Boxística.

   Pelea de Mike Tyson vs Roy Jones Jr., inaugura la Astronomía Boxística. Rama del entretenimiento que permite observar estrellas años después de haberse apagado.


domingo, 15 de marzo de 2020

Dueles.






Dueles
                                                                                            Por  Ramón Cortez Cabello.
Un sol herido de muerte
enrojeció el ocaso.
Capa de olvido,
la noche
todo oculta.
                                                            Pasa el tiempo,
en vez de luz
acude el recuerdo.
Refulge el vacío,
agobia tu voz silente.
Cuando llegas,
suave y serena,
la nostalgia
es miel que amarga,
saeta que traspasa.
Luego,
 disuelta en nubes,
te vas
a la eternidad,
al frío titilante
de astrales ojos.
El dolor sigue,
manos desvaídas,
seda que no acaricia,
 lejanía que desgarra.
Dueles, dueles siempre…
porque no estás.

viernes, 28 de febrero de 2020

La última ceremonia.




La última ceremonia.
                                                                                       Por Ramón Cortez Cabello
   Primero bajaron del árbol los tres cuerpos que colgaban de los pies. Ya en el piso los pusieron boca arriba y, como si quisieran volver a pegarlas, acomodaron sobre el muñón del cuello la cabeza correspondiente.
   Descendidos los difuntos, todos los recién llegados, excepto dos, se adentraron en la selva a buscar leña. Uno se quedó a cuidar los cadáveres y el otro fue a buscar agua, iba cargado de jícaras. A éste último lo guió el sonido de la corriente de un río. Después de llenar los recipientes se puso a escudriñar a través del agua, anduvo un rato hurgando la arena. Luego de recoger y desechar muchas piedrecillas, guardó tres. Cuando volvió a donde estaban los cadáveres, sus compañeros lo esperaban. Una gran cantidad de leña estaba cerca de los cuerpos y no lejos de ahí ardía vigorosa una hoguera.
   El más viejo ofició la ceremonia. Primero vertió un poco de agua a los muertos y dijo a cada uno: Esta es la que disfrutaste en vida. Después colocó cerca de cada difunto una jícara con agua: Esta es la que te servirá en el viaje que habrás de iniciar –dijo―. Luego, a falta de papeles, colocó a los fallecidos cinco hojas de árbol, cada una como recordatorio que ayudaría a los muertos a cruzar un punto del Inframundo.
   Todos lloraban enternecidos, amaban profundamente a los que ahí yacían.  El que dirigía el ritual llamó con un gesto al que fue al río. Ambos se colocaron junto a un cuerpo y el oficiante recibió del otro una pequeña piedra que puso en la boca del muerto, la misma acción se repitió en los otros dos cadáveres.
   Todo quedó en silencio, dolorosamente quieto, lucían los vivos tan inmóviles como los muertos, la ceremonia les había encogido el ánima. Luego cubrieron de leña los cuerpos hasta formar tres montañas de maderos que recordaban a las pirámides. Con majestuosa parsimonia el viejo tomó un tronco ardiente de la fogata y pegó fuego a las lomas de leña, poco después ardían en ellas los muertos. Era impresionante ver las enormes hogueras en medio de la selva, a través de la fronda de los árboles se filtraba la humareda.
   Las piras funerarias ardieron toda la noche, al otro día los hombres juntaron las cenizas, los huesos y la piedra de cada difunto. Pusieron los restos en tres grandes jarros, con ellos caminaron hasta un sitio que parecía fácil de  identificar después. El lugar estaba cercano a un río. Al pie de un enorme árbol cavaron tres hoyos, metieron un recipiente en cada uno de ellos y luego de enterrarlos pusieron encima una piedra blanca. La tumba de en medio tenía la piedra más grande.
   Terminada la sepultura los hombres se retiraron, iban tristes pero satisfechos: habían brindado a aquellos muertos la última ceremonia.

***
   De nada valió decir la verdad, negar todo; su suerte y la de los otros dos señores estaban decididas. Los españoles estaban listos para repeler cualquier revuelta. Sin embargo, salvo exclamaciones de incredulidad y dolor, no hubo violencia de parte de los mexicas. Después de platicar con un religioso español, fueron decapitados los tres.
   Para llevar a cabo la ejecución se requirió una espada, tres mecates; la crueldad de unos pocos y el pasmo de una multitud. La hoja los decapitó uno a uno. Aunque a él le tocó al último y desde el suelo dos cabezas lo miraban incrédulas, no vaciló y expuso su cuello al acero. Miró hacia lo alto buscando el lugar por dónde su ánima se elevaría a la Casa del Sol, no halló en el techo selvático un sitio por donde ver lo azul del cielo. En sus ojos quedó la imagen verde del follaje mientras, del cuello cercenado, brotaba el rojo furioso de su sangre.
   Las sogas sirvieron para colgarlos de los pies. Desde abajo cada cabeza miraba con melancolía el cuerpo que había sido suyo.
    Cuando el ejército empezó a retirarse el sacerdote dibujó una cruz en el aire. Los españoles iban alertas, nerviosos; el gesto de Cortés era duro. Envueltos en hosco silencio los mexicas tenían triste el rostro, muchos lloraban la muerte de Cuauhtémoc, su último tlatoani.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Programa de cocina.




Programa de cocina.
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.

    La joven daba los últimos bocados al arroz burdamente cocinado, había en sus ojos un brillo de satisfacción que embellecía su rostro. El director del programa preguntó algo que parecía obvio:
   ― ¿Estás satisfecha?
   ―Sí ―respondió ella.
   El entrevistador fue más allá:
   ― ¿Eres feliz?
   ―Sí, claro.
   ― ¿Por qué? ―Quiso saber el hombre.
   ―Bueno, tengo trabajo, gano dinero para mis cosas. En un rato más iré a dormir a casa. Creo no puede pedirse más. Además tengo sueños…
   ― ¿Sí? ¿Cuáles son esos sueños?
   ―Ser multimillonaria, ―respondió.
   En la escena final la vemos perderse entre el tráfico, la acompaña una soledad empecinada. Aunque deseas que cumpla sus sueños, sabes que es casi imposible. Para la joven prostituta, que apenas saca para malcomer y drogarse, las únicas que parecen cumplirse son sus pesadillas. Te muerde el corazón oírla decir que irá a dormir a casa; sabes que vive en un cementerio en el centro de Freetown, que su cama es una tumba y que desde su niñez, cuando era combatiente en la guerra civil de Liberia, su única compañía ha sido la desgracia.  

   Luego de ver el capítulo uno del programa japonés, Informe gourmet hiperduro, te convences de que si la vida es una mierda, los sueños ayudan a hacerla más tolerable. 

viernes, 22 de marzo de 2019

Crónica de un maestro.











CRÓNICA DE UN MAESTRO
Ramón A. Cortez Cabello


   ¡Oh Tenochtitlán, señora hermosa! Urbe de piedra y áureos ropajes, ¡Qué pena verte en ruinas, humillada!
                         Ahuehuetl.                                                                                                                                                                                                                                                    

Año 3-casa (1521)
Los españoles volvieron casi un año después de su noche triste, con ellos vino la destrucción. Tras ochenta días de combates, Tenochtitlán se llenó de sombras, ruinas, humo y dolor. La ciudad fue destruida piedra por piedra. En los últimos días de guerra murieron más de inanición que combatiendo. El hambre devoraba a la gente. Nada había bajo los escombros que sirviera de alimento: ni yerbas, sabandijas o cortezas de árbol. A falta de algo que pudiera arder, muchos preguntaban: ¿cómo puede ser que de piedras y arena salgan llamas robustas? ¿Qué se quema? La esperanza –se respondían. 
Cuando se supo de la rendición de Cuauhtémoc, el silencio aturdió a la ciudad. Desde ese momento, bajo la lluvia, la gente empezó a salir; la tristeza se condensaba en la multitud doliente. Tres meses de guerra demolieron Tenochtitlán y al ánima mexica.
Aunque la desolación parecía distribuida a partes iguales, entre la muchedumbre de vencidos descollaba la tristeza de Ahuehuetl. Sus hombros cargaban un peso mayor que la derrota; nada significaban ahora su lucha, su vida: había desaparecido el estado mexica. Supo de la manera más cruel que cumplir su encomienda no implicaba la salvación de Tenochtitlán. Ya no tenía fe, el augurio rector de su vida fue un gran engaño. Luego de la derrota, los mexicas tenían como único destino el olvido. Mientras viviera cargaría el fracaso: educó a un pueblo para la victoria y fue testigo de su caída.
Sólo esperaba que la muerte llegara pronto.

Tenochtitlán, año 2-caña (1455)
El marido encerró en la troje a la esposa embarazada y no dejó dormir a sus hijos. Tenía miedo, recluyó a su mujer para no verla convertirse en loba, el desvelo de los niños sirvió para evitar se volvieran ratones. A toda la ciudad la inundada el terror, era la noche del fuego nuevo.
Como en la cima del Huizachtépetl brilló la hoguera ceremonial, no tuvo que cohabitar el marido con una loba, ni tener por hijos a dos ratones. Además, y eso explicaba los gritos alegres en todo el Valle de Anáhuac, el mundo duraría 52 años más.
De su embarazo la mujer no sólo recordaría aquella noche. Aunque comía bien y en el huipil llevaba un trozo de itztli para que su niño no saliera “eclipsado”, nadie, ni la comadrona, previó un parto prematuro. Los dolores la sorprendieron al ir por agua, no pudo volver a casa y parió en el campo.
Como nació junto a un gran árbol lo llamaron Ahuehuetl. Por nacer bajo el signo Ce Técpal y la protección de Huitzilopochtli, se esperaba fuera un gran guerrero. Su padre guardó el ombligo en una bolsita de cuero que luego un soldado enterró en un campo de batalla: así su hijo sería militar. Cuando el niño fue llevado con el tonalpouhqui, el agorero que elegía la fecha de bautizo, dijo éste: Será glorioso guerrero y su mayor victoria será contra el olvido. Aunque la última parte de la profecía era algo confusa, esto no opacó la dicha familiar.
El día del bautizo la madre vistió al crio de Caballero Ocelotl, le puso una rodelita en una mano y un arco pequeño en la otra. El niño aferró las armas minúsculas y las agitó con energía, padres e invitados rieron felices.
***
En los primeros años del reinado del segundo Moctezuma pasaron cosas raras. Por un tiempo, en las noches, se veía en el cielo una gran espiga de lumbre que amenazaba chocar con la ciudad. Al desaparecer aquel fuego no acababan de tranquilizarse los tenochcas, cuando se incendió el templo de Huitzilopochtli. Quienes pensaban que nada bueno anunciaban aquellas cosas, tuvieron más razones para seguir preocupándose: un rayo destruyó un templo y tiempo después, sin haber temblado,  las aguas encrespadas del lago destruyeron las casas de la orilla. Una noche cayó fuego del cielo y los siguientes días aparecieron, en distintos lugares, animales deformes, aves con espejos en la mollera, hombres con dos cabezas. A todas estas criaturas las llevaban ante Moctezuma y, tras verlas éste, desaparecían.
Astrólogos y agoreros no sabían qué significaba aquello, algunos creían se anunciaba la destrucción de Tenochtitlán. Pueblo y monarca estaban aterrados. El día que se supo de la llegada de los españoles, de inmediato fueron relacionados con las señales, el miedo creció y en los templos se ofrendaba multitud de sacrificios.
Sin saber qué anunciaban las señales, mas conociendo la fortaleza de su patria, Ahuehuetl no les atribuyó el sentido pesimista dado por muchos. No creía que los extranjeros fueran teules o representantes de Quetzalcóatl; aun sabiendo de sus armas poderosas, de sus victorias sobre otros pueblos, no los consideró peligrosos. Fue de los pocos que no se preocuparon por la molesta presencia de los españoles en Tenochtitlán. La posterior expulsión de éstos, lideradas las tropas por Cuitláhuac, el nuevo tlatoani tras morir Moctezuma, pareció confirmar su pensamiento.
No tuvo que pasar mucho tiempo para darse cuenta de su equivocación.
***
En sus primeros años Ahuehuetl fue un niño apacible y generoso, era difícil ver en él a un futuro guerrero. Fue hasta que ingresó al telpochcalli que mostró su carácter. Varios compañeros le hicieron burla por llamarse “Árbol viejo”, les divertía que un niño llevara en su nombre la palabra “viejo”. Pero las mofas no duraron, un par de peleas bastaron para dejar claro que no era bueno enfadarlo.
Los maestros advirtieron en él la prestancia del guerrero y, como mostraba un apetito insaciable por leer, la curiosidad del sabio. Concordaban en que era el mejor de su clase, pero discrepaban en si era mayor su aptitud castrense o la intelectual.
Las dudas no prevalecieron mucho, en su primera batalla mostró una inusual destreza, lo común era que entre varios guerreros atraparan un prisionero; él capturó a cuatro. Ahuehuetl era un héroe.
Más asombro que el provocado por su hazaña se produjo al saberse que, aunque tenía derecho a ser capitán, a sentarse con los principales, a usar barbote de oro y borlas en la cabeza, el joven declinaba dichos honores con tal que lo dejaran ser maestro.
Nadie lo entendió entonces, pero aquella decisión venía gestándose desde que supo las palabras del agorero. Le había intrigado la segunda parte del vaticinio: “…Su mayor victoria será contra el olvido”, y decidió buscar su significado, de ahí el interés, que luego se volvió gusto, por la lectura. En un amatl del telpochcalli descubrió qué significaba el augurio: su misión era que los mexicas recordaran su origen, historia y costumbres. Aquella era la victoria contra el olvido que debía obtener. Al capturar a los guerreros cumplió la primera parte de la profecía, y eso le permitía ir tras la segunda. Aquella última batalla tendría que librarla en el telpochcalli. Por eso Ahuehuetl se hizo profesor.
En poco tiempo se diferenció de los otros maestros. Además de fortalecer el cuerpo de sus discípulos, sembró en ellos el orgullo nacional. Lo que aprendió con el hastío solemne que acompaña a las cosas importantes, él lo enseñaba con la amenidad de un cuento. Aprovechaba hasta los sepelios de personas notables para explicar las ceremonias fúnebres, los niveles del cielo y divisiones del inframundo. Los profesores que al principio no aprobaban su método, reconocieron que funcionaba.
Con el tiempo sus discípulos ocuparon altos puestos de gobierno y muchos le pedían que fuera su consejero, pero él siempre declinaba las ofertas con las mismas palabras: Hace mucho se me encomendó que las nuevas generaciones recuerden la historia de su pueblo, esto sólo puedo hacerlo aquí, en el telpochcalli.
Ante el poderío de Tenochtitlán y la debilidad de las naciones vecinas, pensaba el maestro que nada que viniera de fuera podía derrotarla; que sólo podría hacerlo el abandono de la disciplina. Comprendió entonces lo vital de su encomienda y sintió un frío en el estómago.
            Nunca faltó en su clase el relato del éxodo de su pueblo. La crónica de los siglos que, luego de salir de Aztlán, tardaron los mexicas en llegar al Valle de Anáhuac. Le divertía la sorpresa de los mancebos al conocer la pobreza de Acamapichtli, el primer tlatoani; sólo con gran esfuerzo lograban asociar palabras como pobreza y humildad con los gobernantes. Dicho asombro se hizo más profundo entre los alumnos que asistían a las clases de Ahuehuetl en tiempos de Moctezuma Xocoyotzin, pues a éste lo rodeaba un ritual más acorde con un dios que con un hombre. El pasmo entre los alumnos crecía al enterarse de que en tiempos pasados los mexicas pagaban tributos a los tepanecas. El estupor de los estudiantes se volvía consternación cuando conocían la historia de Chimalpopoca, el monarca que murió siendo prisionero del cacique de Atzcapozalco. Conocer el éxodo mexica y el infortunio de los primeros tlatoanis, ayudaba a los jóvenes a valorar lo que entonces disfrutaban. Conseguido este objetivo abordaba el maestro otros temas.
Dentro de la historia patria, Ahuehuetl tenía su parte favorita: la que iniciaba con Itzcoatl, el cuarto tlatoani. Durante el reinado de éste, se sacudieron los mexicas el dominio tepaneca. El profesor explicaba con deleite cómo se formó la triple alianza con los señoríos de Tacuba y Texcoco. Después de relatar aquella confederación, su clase se volvía una lista de hazañas y conquistas. Hablaba del genio militar de Moctezuma Ilhuicamina, de la majestad del tlatoani actual, el joven Moctezuma. Aclaraba, sin embargo, que la grandeza del imperio era consecuencia de la disciplina y organización del pueblo. Al ver a los muchachos ensanchando orgullosos el pecho, Ahuehuetl sabía que su propósito de formar buenos ciudadanos se había cumplido.
  
 Año 2-caña (1507)
Antes de cumplir 52 años, Ahuehuetl vio el temor que invadía Tenochtitlán durante la ceremonia del fuego nuevo. Aunque él no estaba exento del temor general, igual aprovechó para explicar cómo se medía el tiempo. Sus alumnos aprendieron que un año se compone de dieciocho meses de veinte días, y que para completar el ciclo solar se agregaban cinco días a cada año. Que 104 años hacían un siglo y 52 años, una gavilla. Y que el fuego nuevo se celebraba entre el final de una gavilla y el inicio de otra.
En vísperas del ritual, satisfecho su objetivo didáctico, esperaba Ahuehuetl el acontecimiento con la misma incertidumbre que los demás. Luego sintió la tranquilidad de haber cumplido lo que mandaron sus dioses. Puedo morir en paz, se dijo.  
El día de la ceremonia todas las hogueras, de casas y templos, fueron apagadas. Toda mujer embarazada fue recluida; los niños se mantenían insomnes y horas antes se habían destruido todos los utensilios domésticos.  La tensión era insoportable; si no flameaba el fuego en el cerro de Iztapalapa, sería el fin del mundo.
Por fortuna el fuego nuevo coronó la cima del Huizachtépetl tranquilizando a la urbe de piedra. El maestro sonrió ante el dorado resplandor que brillaba a lo lejos. Se dio cuenta que en la anterior ceremonia, cuando él nació, reinaba Moctezuma Ilhuicamina y que esta vez otro Moctezuma, Xocoyotzin, era el tlatoani.

Año 1-conejo (1558)
Caída Tenochtitlán, el viejo profesor sentía cercana su muerte. Sin embargo, así como en libros y en voz de los ancianos aprendió cosas del pasado, ahora veía y aprendía de los hechos actuales. Miró derrumbarse edificios construidos para ser eternos; ceremonias oficiadas desde el inicio de los tiempos cayeron en desuso. Dioses más antiguos que el mundo cayeron de sus santuarios. Señores, dinastías enteras desaparecieron, y él, Ahuehuetl, seguía en pie.
Afianzado su triunfo en el Valle de Anáhuac, los españoles iniciaron una actividad constructora casi tan intensa como el celo guerrero exhibido en batalla. Iglesias, casas y edificios surgían por doquier; de las desnudas entrañas de la metrópoli vencida, emergía la Ciudad de México.
Aunque  fueron expulsados y se les prohibió vivir en Tenochtitlán, los mexicas transitaban por la que fue su ciudad: eran los siervos que edificaban la nueva urbe.
Desde Tepepulco, lugar cercano a Texcoco, el antiguo maestro veía todo con desencanto, consideraba inútiles sus conocencias. Además estaba triste porque la muerte no llegaba. Cumplió 103 años sin achaques, sólo su memoria lo atormentaba. A diario lo mortificaban los recuerdos, y nada duele más en la desgracia que evocar épocas felices. En los últimos 37 años comprobó que la tristeza no acorta la vida, pero sí prolonga el sufrimiento. Al principio creyó que su existencia la alargaba el olvido divino: se sentía tan pequeño que no le extrañaba la omisión. Luego creyó su vejez un castigo y, aunque estaba seguro de merecerlo, ignoraba la causa del mismo.
El día que lo buscó el señor de Tepepulco, Tlatenzin, ahora llamado Don Diego de Mendoza, a Ahuehuetl  le empezaron a suceder cosas extrañas, entre otras una que creyó imposible: volver a creer en sus dioses. Don Diego lo citó a una reunión en el lugar donde vivían los religiosos españoles. Un nuevo encargado había llegado al monasterio.
Todos los que llegaron a la junta eran viejos y ocupaban puestos de importancia antes de llegar los españoles. No se trataba, como pensaron al principio, de una plática sobre cristianismo. En vez de oír las razones del nuevo director, éste les propuso el trato desconcertante de escuchar las suyas. Era bueno aquel hombre, no pedía oro ni daba órdenes, sólo preguntaba. Quería saber sobre ellos, sus dioses, ceremonias, costumbres, todo. Aquel sacerdote se llamaba Bernardino de Sahagún y mostraba interés en cómo eran las cosas en Anáhuac en los tiempos antiguos. Según sus propias palabras, haría un libro sobre la historia del pueblo mexica.
En esos días el ánima oscurecida de Ahuehuetl empezó a iluminarse, por primera vez en años latía alegre su corazón. Hasta le pareció escuchar la tenue música que, antes de salir el sol, sonaba en Tenochtitlán. No había pasado tanto tiempo de aquello, sin embargo ahora parecía más sueño que realidad. Entendió entonces que todo su saber y cada año vivido tenían como única razón de existir aquel momento. Supo que la profecía dicha un siglo atrás estaba a punto de cumplirse. Por dos años acudió sin falta al monasterio.
Los viejos se reunían con el religioso y sus aprendices. Los discípulos de Sahagún eran jóvenes mexicas. Ahuehuetl se sintió orgulloso de aquellos muchachos que, además de náhuatl hablaban español y escribían a la manera mexica y al modo español. Todo lo dicho por los ancianos se anotaba en grandes papeles. Sahagún preguntaba, los viejos contestaban y los jóvenes escribían.
            Luego de mucho desear la muerte, en aquellos días Ahuehuetl temió que su vida acabara. Le daba miedo no alcanzar a decir todo lo que su mente atesoraba, lo que quería salvar del olvido. Hablaba tan rápido que los tlacuilos apenas podían escribir sus razones. El propio Sahagún dijo en su libro: “Se enmendó, declaró y añadió todo lo que de Tepepulco truje escrito, y todo se tornó a escribir de  nuevo, de ruin letra porque se escribió con mucha prisa”. Esto se debió en parte al apresuramiento de Ahuehuetl, pero gracias a sus premuras dijo todo lo que atesoraba su memoria.

Poco después de que sus recuerdos quedaran escritos, a los 105 años, falleció Ahuehuetl. Su cara irradiaba paz y sonreía. Saber que sus dioses no le mintieron explicaba el sosiego de su rostro; sonreía porque el augurio se había cumplido, porque venció al olvido y porque estaba a salvo la historia de su pueblo.