sábado, 22 de agosto de 2015
La maldición del tlatoani
Les comparto una plaquette editada por la Secretaría de Educación y Cultura de Coahuila. En dicho ejemplar se incluyeron tres cuentos de mi autoría.http://issuu.com/edicionesseccoahuila/docs/la_maldicion_del_tlatoani/1?e=0/14603099
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Cuentos sobre los aztecas.,
Fragmento de novela.,
Historias de la Gran Tenochititlán.,
Historias sobre los aztecas.,
Un homenaje a la Ciudad de México.
viernes, 21 de agosto de 2015
Diccionario Lexicoon.
Un gran orgullo que el Diccionario y Traductor Lexicoon utilice un fragmento de mi libro, "Cuando vuelvan los gorriones", para ilustrar el uso de la palabra frasquerío.https://plus.google.com/114505177401738277471/posts/RfEcjYmVpti
miércoles, 5 de agosto de 2015
La maldición del Tlatoani
En este link puede leerse una plaquette editada por la Secretaría de Educación y Cultura de Coahuila. En dicho texto se incluyeron tres cuentos de mi autoría.La maldición del Tlatoani
sábado, 30 de mayo de 2015
Cuentos en corto: 3.
El jardín
Por Ramón Cortez Cabello.
Pasto recién cortado, oloroso, parejo cómo
paño de mesa de billar. Cipreses en espiral intentando llegar al cielo. Setos
de agudos ángulos forman laberintos donde se pierde la esperanza. Unas dalias
están prisioneras en pequeños rombos de terreno; hay rosales colmados de flores
tristes, en el follaje de los arbustos están esculpidas las figuras de animales
temerosos.
Un jardín, para las plantas, puede ser una
sala de tortura.
sábado, 2 de mayo de 2015
CUENTOS EN CORTO.
Por Ramón Cortez Cabello
Por Ramón Cortez Cabello
Bajo el
título precedente inicié el pasado treinta de abril la publicación de unos
pequeños y ambiciosos textos. Se trata de líneas breves que pretenden ser
cuentos. Oraciones toscamente hiladas que aspiran a poseer algún mérito para
merecer la lectura cómplice e indulgente. Aquí les comparto el segundo de la
serie.
Damocles
El palacio
descubierto en Siracusa estaba bien conservado. En la estancia real señoreaba
el trono; encima del techo colgaba una espada sujeta por un cordel. Mientras
Harper descifraba las palabras grabadas
en el sitial, los demás arqueólogos veían el acero oscilante.
― “D…, empezó a leer el investigador, ¿Dionisio?”...
―aventuraba el explorador cuando la hoja cayó atravesándolo lado a lado.
Tiempo después los colegas del difunto se
asombraron al descifrar la inscripción en el trono: Damian Harper.
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TE LO CUENTO EN CORTO,
Un pequeño cuento.
jueves, 30 de abril de 2015
La ejecución.
La
ejecución
Por Ramón Cortez Cabello.
Serrano estaba todo quemado, de las flictenas de su piel salía vapor
blanco. Aunque siempre fue bravo, no pudo ayudar a sus camaradas. Sólo esperaba
el final.
Lechuga fue zambutido en un tambo con agua. Lo sacaron después de un
rato; mejor ahí se hubiera quedado: a cuchilladas lo hicieron pedacitos.
También pepenaron a su amiga, la que presumía de estar bien parada. A tirones le
arrancaron la melena, la desollaron y la cortaron en pedazos… pedazos muy
pequeños. ¡Pobre zanahoria!
Bien lo decía mi madre: ¡Dios te libre, Brocolito, de caer en manos de
un vegetariano!
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minificciones,
TE LO CUENTO EN CORTO,
Un pequeño cuento.
sábado, 21 de febrero de 2015
Mi amigo boxeador
Mi amigo boxeador.
Por Ramón Cortez Cabello.
Hace más de veinte años, en Nuevo Laredo, estaba
viendo el box, hacía un calor que ni la cerveza alcanzaba a matizar. Me sorprendió
muchísimo ver en la pantalla a mi amigo Mario Coronado Gómez; estaba dándose de
golpes con un tipo al que apodaban el Baygón.
La pelea era encarnizada, puro dame que te doy,
ninguno de los boxeadores cejaba en su intento de noquear al otro. Mientras miraba el intercambio de golpes
recordé mis años en la Facultad de Medicina de la UANL, su vieja biblioteca y
las noches que pasé en ella, en parte estudiando, parte viendo a las muchachas
y mayormente durmiendo. Muchas de esas veladas las compartí con Mario.
Fue durante un torneo de box
organizado en la facultad (si, en la escuela de medicina), donde Coronado
descubrió su talento boxístico. De carácter reservado, tranquilo y hasta tímido
mi amigo se inscribió en dicho certamen más empujado por el entusiasmo de otro
compañero que por las ganas de intercambiar puñetazos. Me tocó a mí, junto con
otro amigo, El Chilango, oficiar como
su second en ese torneo. Recuerdo que
íbamos rumbo al ring, los seconds caminábamos
con la tranquilidad de saber que no recibiríamos ni un rasguño, Coronado iba muy
nervioso a su primera pelea. No era de pleito y básicamente ignoraba cuándo o en qué momento tirarle
golpes a un rival al que tenía más ganas de dispararle un refresco que
puñetazos. El Chilango se lo aclaró
rápidamente:
―En cuanto suene la campana tú
dale de putazos.
Mario no siguió la sabia indicación
de nuestro amigo, se veía engarrotado, los brazos pegados al cuerpo, estudiaba a
su rival dando vueltas sobre el ring, no se animaba a atacar primero. Fue hasta
que el adversario tuvo la mala idea de tirar un golpe que algo mágico sucedió.
Con un elegante movimiento de cintura Coronado esquivó el golpe y, en una
acción fulgurante, con un volado de derecha a la mandíbula envió a su rival a
la lona, completamente noqueado. Había nacido un boxeador. Así inició su
carrera pugilística, por supuesto ganó ese torneo, después un estatal y luego se
hizo profesional. La pelea que vi por televisión la perdió por decisión.
Por mucho tiempo le perdí la
huella, terminé la carrera, hice la especialidad, estuve en Nuevo Laredo, luego
me vine a Saltillo, pasaron cerca de diez años luego de que lo vi en televisión.
Un día un compañero del hospital me dijo:
― ¿Ya viste a Coronado?
― ¿Qué Coronado? –pregunté a mi
vez.
El nuevo urólogo… preguntó por ti –respondió-. No sé qué me
sorprendió más, si saber que había un nuevo especialista en el hospital o que
éste me conocía. Traté de recordar a un urólogo de apellido Coronado y no pude.
Si me hubieran dicho que éste se llamaba Mario, lo habría recordado de
inmediato.
Fue una gran sorpresa verlo
después de veinticinco años. Siempre es una alegría saludar a un buen boxeador,
a un excelente urólogo, pero sobre todo
un gran amigo.
jueves, 4 de diciembre de 2014
Los tres nombres del guerrero. (Fragmentos).
El ombligo
El gran
guerrero quiso enterrar el ombligo de su hijo en el campo de batalla donde obtuviera su mayor
victoria, así el recién nacido sería un militar glorioso. Muchos triunfos
consiguió aquel hombre, pero tras lograrlos el sitio donde los obtuvo le
parecía indigno de alojar el ombligo. Lo enterraré en el campo del próximo
combate, de esta manera será mejor su destino –pensaba.
Pasaron los
años y el ombligo seguía oculto en una bolsita de su maxtlatl. Aunque las victorias eran cada vez mayores, el seco
tejido aún esperaba ser enterrado.
Cuando el
gran guerrero fue apresado por los mexicas, supo que no viviría mucho. Al
llegar a Tenochtitlán sepultó ahí el
cordón umbilical. Aunque no lo hizo en el sitio de su mayor victoria, sino en
tierra de sus captores, estaba convencido de que no había mejor lugar para
hacerlo: de esta manera su hijo alcanzaría la gloria en aquella ciudad.
Aquel hombre
fue quizás el primero en pensar que la Gran
Tenochtitlán podía ser derrotada.
El
nuevo sol
Tenochtitlán. Año 3-casa, día 2-muerte/
14 de agosto de 1521
Solo
se oía el rumor del llanto, no se escuchaban ni cantos ni música en los
templos. Aunque la sangre inundó Tenochtitlán, no era ésta ofrendada a los
dioses, era un horrendo desperdicio. Corría libre por las calles, manchaba las
paredes, se diluía en el lago y mojaba los cadáveres que todo lo cubrían.
Ayer no hubo quien oficiara alguna ceremonia. Aunque hoy llegó la luz
del día, no es el sol de siempre, es un nuevo Tonatiuh triste y desolado. Sus
rayos no iluminan a la noble ciudad mexica, su luz desnuda el más enorme de los
cementerios.
La profecía tenía razón: El día que no se honre al sol, se acabará el
mundo.
Tenochtitlán ya no existe, los mexicas han sido vencidos.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
La buena acción. (Texto incluido en el libro, Primeras armas (IMCS, 2007)
La
buena acción
Por Ramón Cortez Cabello.
Descubrió
que el calor disminuye el número de peatones pero aumenta la compasión, que hay
más limosna cuando se es el único mendigo de la calle.
La cercanía de unos pasos enérgicos aumentó el
tono dolorido de sus ruegos.
― ¡Una ayudita, socorra a este inválido!
El tintineo de una moneda lo alegró; el bote
ya no estaba solo.
― ¡Gracias,
gracias, Diosito le dé más!
Al no escuchar las botas alejándose, imaginó
al hombre viéndolo con lástima.
― ¡Ay señor! Que triste vida me tocó, no sólo
no tengo piernas, también soy ciego…
― ¡Además es ciego!
La voz áspera tenía un dejo de ternura; la
mano incrédula formó una brisa al pasar repetidamente ante su rostro.
― Si señor, de los dos ojos ―remachó.
El sonido de unas monedas al caer recompensó
la confidencia.
― ¡Uta! Se las ha visto negras, Don.
―Por culpa del azúcar, primero me mocharon
una pierna, luego otra. Creí que no podía ser peor, pero quedé ciego y me dejaron
mi esposa y mis hijos, desde entonces estoy solo, pidiendo caridad.
― ¡Que cabrones!...
Su mano fue confortada por la caricia de un
billete, lo mareó el olor a loción cara. La voz ruda se volvió susurro
indignado.
― ¡Mire!… digo, oiga, voy de prisa pero si
puedo ayudarlo en algo, nomás dígame.
― ¡Sólo Dios podría acabar con mis
sufrimientos para siempre!
―Cierto, pero ¿sabe qué?… Diosito ya lo oyó.
Lo último que escuchó después de los
disparos, fue el eco de unos pasos alejándose.
Texto aparecido en el
libro: Primeras armas (IMCS, 2007)
sábado, 2 de agosto de 2014
El nuevo arte del boxeo.
El nuevo arte.
Por el poeta del deporte
Es un virtuoso que hace de su
oficio filigrana y polvo de sus rivales. Un genio que, cómo escultor que moldea
la roca con su cincel, acaba golpe a golpe con la sana apariencia de sus oponentes.
Su obra final son hombres en ruina,
piltrafas. Han producido sus puños más personajes trágicos que Sófocles; estos
papeles, huelga aclararlo, son representados por sus contrincantes.
¿Quién lo diría? sus contiendas recrean el
origen de la música. Éste arte no nació con el paso del viento a través de
arbórea fronda o por estrechos canuto, no, la música se originó en las percusiones.
Los puños de éste pugilista extraen a sus adversarios, cómo las mazas a los
bombos, rotundos sonidos que, unidos al bullicio del público, amalgaman una
salvaje melodía que excita y enloquece.
Su forma de colorear el lienzo al que en
forma de púgil se enfrenta, lo iguala a un pintor que usa rojos y morados a pasto, que derrocha
tonos carmesí en la faz del rival.
Sus peleas terminan siempre con el
adversario en el piso. Aunque el final
sea reiterativo, vale la pena verlo desplegar su habilidad. Su grandeza no está
en las victorias, sino en su capacidad para crear un arte nuevo: el arte del
boxeo.
San Antonio, Texas 1855.
Fragmento de la novela Cuando vuelvan los gorriones (Ramón Cortez Cabello, UAdeC 2008).
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