viernes, 21 de agosto de 2015

Diccionario Lexicoon.

Un gran orgullo que el Diccionario y Traductor Lexicoon utilice un fragmento de mi libro, "Cuando vuelvan los gorriones", para ilustrar el uso de la palabra frasquerío.https://plus.google.com/114505177401738277471/posts/RfEcjYmVpti

sábado, 30 de mayo de 2015

Cuentos en corto: 3.









El jardín
                                                               Por Ramón Cortez Cabello.

      Pasto recién cortado, oloroso, parejo cómo paño de mesa de billar. Cipreses en espiral intentando llegar al cielo. Setos de agudos ángulos forman laberintos donde se pierde la esperanza. Unas dalias están prisioneras en pequeños rombos de terreno; hay rosales colmados de flores tristes, en el follaje de los arbustos están esculpidas las figuras de animales temerosos.

   Un jardín, para las plantas, puede ser una sala de tortura. 

sábado, 2 de mayo de 2015





CUENTOS EN CORTO.
                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello

   Bajo el título precedente inicié el pasado treinta de abril la publicación de unos pequeños y ambiciosos textos. Se trata de líneas breves que pretenden ser cuentos. Oraciones toscamente hiladas que aspiran a poseer algún mérito para merecer la lectura cómplice e indulgente. Aquí les comparto el segundo de la serie.








Damocles

   El palacio  descubierto en Siracusa estaba bien conservado. En la estancia real señoreaba el trono; encima del techo colgaba una espada sujeta por un cordel. Mientras Harper  descifraba las palabras grabadas en el sitial, los demás arqueólogos veían el acero oscilante.
 ― “D…, empezó a leer el investigador,  ¿Dionisio?”...  ―aventuraba el explorador cuando la hoja cayó atravesándolo lado a lado.

   Tiempo después los colegas del difunto se asombraron al descifrar la inscripción en el trono: Damian Harper.

jueves, 30 de abril de 2015

La ejecución.






La ejecución
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
   Serrano estaba todo quemado, de las flictenas de su piel salía vapor blanco. Aunque siempre fue bravo, no pudo ayudar a sus camaradas. Sólo esperaba el final.
   Lechuga fue zambutido en un tambo con agua. Lo sacaron después de un rato; mejor ahí se hubiera quedado: a cuchilladas lo hicieron pedacitos. También pepenaron a su amiga, la que presumía de estar bien parada. A tirones le arrancaron la melena, la desollaron y la cortaron en pedazos… pedazos muy pequeños. ¡Pobre zanahoria!

   Bien lo decía mi madre: ¡Dios te libre, Brocolito, de caer en manos de un vegetariano! 

sábado, 21 de febrero de 2015

Mi amigo boxeador


















Mi amigo boxeador.
Por Ramón Cortez Cabello.

   Hace más de veinte años, en Nuevo Laredo, estaba viendo el box, hacía un calor que ni la cerveza alcanzaba a matizar. Me sorprendió muchísimo ver en la pantalla a mi amigo Mario Coronado Gómez; estaba dándose de golpes con un tipo al que apodaban el Baygón.
   La pelea era encarnizada, puro dame que te doy, ninguno de los boxeadores cejaba en su intento de noquear al otro.  Mientras miraba el intercambio de golpes recordé mis años en la Facultad de Medicina de la UANL, su vieja biblioteca y las noches que pasé en ella, en parte estudiando, parte viendo a las muchachas y mayormente durmiendo. Muchas de esas veladas las compartí con Mario.
   Fue durante un torneo de box organizado en la facultad (si, en la escuela de medicina), donde Coronado descubrió su talento boxístico. De carácter reservado, tranquilo y hasta tímido mi amigo se inscribió en dicho certamen más empujado por el entusiasmo de otro compañero que por las ganas de intercambiar puñetazos. Me tocó a mí, junto con otro amigo, El Chilango, oficiar como su second en ese torneo. Recuerdo que íbamos rumbo al ring, los seconds caminábamos con la tranquilidad de saber que no recibiríamos ni un rasguño, Coronado iba muy nervioso a su primera pelea. No era de pleito y básicamente  ignoraba cuándo o en qué momento tirarle golpes a un rival al que tenía más ganas de dispararle un refresco que puñetazos. El Chilango se lo aclaró rápidamente:
  ―En cuanto suene la campana tú dale de putazos.
   Mario no siguió la sabia indicación de nuestro amigo, se veía engarrotado, los brazos pegados al cuerpo, estudiaba a su rival dando vueltas sobre el ring, no se animaba a atacar primero. Fue hasta que el adversario tuvo la mala idea de tirar un golpe que algo mágico sucedió. Con un elegante movimiento de cintura Coronado esquivó el golpe y, en una acción fulgurante, con un volado de derecha a la mandíbula envió a su rival a la lona, completamente noqueado. Había nacido un boxeador. Así inició su carrera pugilística, por supuesto ganó ese torneo, después un estatal y luego se hizo profesional. La pelea que vi por televisión la perdió por decisión.
   Por mucho tiempo le perdí la huella, terminé la carrera, hice la especialidad, estuve en Nuevo Laredo, luego me vine a Saltillo, pasaron cerca de diez años luego de que lo vi en televisión. Un día un compañero del hospital me dijo:
  ― ¿Ya viste a Coronado?
  ― ¿Qué Coronado? –pregunté a mi vez.
   El nuevo urólogo…  preguntó por ti –respondió-. No sé qué me sorprendió más, si saber que había un nuevo especialista en el hospital o que éste me conocía. Traté de recordar a un urólogo de apellido Coronado y no pude. Si me hubieran dicho que éste se llamaba Mario, lo habría recordado de inmediato.

   Fue una gran sorpresa verlo después de veinticinco años. Siempre es una alegría saludar a un buen boxeador,  a un excelente urólogo, pero sobre todo un gran amigo.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Los tres nombres del guerrero. (Fragmentos).








El ombligo

   El gran guerrero quiso enterrar el ombligo de su hijo en  el campo de batalla donde obtuviera su mayor victoria, así el recién nacido sería un militar glorioso. Muchos triunfos consiguió aquel hombre, pero tras lograrlos el sitio donde los obtuvo le parecía indigno de alojar el ombligo. Lo enterraré en el campo del próximo combate, de esta manera será mejor su destino –pensaba.
   Pasaron los años y el ombligo seguía oculto en una bolsita de su maxtlatl. Aunque las victorias eran cada vez mayores, el seco tejido aún esperaba ser enterrado.
   Cuando el gran guerrero fue apresado por los mexicas, supo que no viviría mucho. Al llegar a Tenochtitlán sepultó ahí el cordón umbilical. Aunque no lo hizo en el sitio de su mayor victoria, sino en tierra de sus captores, estaba convencido de que no había mejor lugar para hacerlo: de esta manera su hijo alcanzaría la gloria en aquella ciudad.

   Aquel hombre fue quizás el primero en pensar que la Gran Tenochtitlán podía ser derrotada.




El nuevo sol

      Tenochtitlán. Año 3-casa, día 2-muerte/ 14 de agosto de 1521
   Solo se oía el rumor del llanto, no se escuchaban ni cantos ni música en los templos. Aunque la sangre inundó Tenochtitlán, no era ésta ofrendada a los dioses, era un horrendo desperdicio. Corría libre por las calles, manchaba las paredes, se diluía en el lago y mojaba los cadáveres que todo lo cubrían.
    Ayer no hubo quien oficiara alguna ceremonia. Aunque hoy llegó la luz del día, no es el sol de siempre, es un nuevo Tonatiuh triste y desolado. Sus rayos no iluminan a la noble ciudad mexica, su luz desnuda el más enorme de los cementerios.
   La profecía tenía razón: El día que no se honre al sol, se acabará el mundo.

   Tenochtitlán ya no existe, los mexicas han sido vencidos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La buena acción. (Texto incluido en el libro, Primeras armas (IMCS, 2007)







La buena acción
                                                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
    Descubrió que el calor disminuye el número de peatones pero aumenta la compasión, que hay más limosna cuando se es el único mendigo de la calle.
   La cercanía de unos pasos enérgicos aumentó el tono dolorido de sus ruegos.
  ― ¡Una ayudita, socorra a este inválido!
   El tintineo de una moneda lo alegró; el bote ya no estaba solo.
  ― ¡Gracias, gracias, Diosito le dé más!
   Al no escuchar las botas alejándose, imaginó al hombre viéndolo con lástima.
  ― ¡Ay señor! Que triste vida me tocó, no sólo no tengo piernas, también soy ciego…
  ― ¡Además es ciego!
   La voz áspera tenía un dejo de ternura; la mano incrédula formó una brisa al pasar repetidamente  ante su rostro.
 ― Si señor, de los dos ojos ―remachó.
   El sonido de unas monedas al caer recompensó la confidencia.
  ― ¡Uta! Se las ha visto negras, Don.
  ―Por culpa del azúcar, primero me mocharon una pierna, luego otra. Creí que no podía ser peor, pero quedé ciego y me dejaron mi esposa y mis hijos, desde entonces estoy solo, pidiendo caridad.
  ― ¡Que cabrones!...
  Su mano fue confortada por la caricia de un billete, lo mareó el olor a loción cara. La voz ruda se volvió susurro indignado.
  ― ¡Mire!… digo, oiga, voy de prisa pero si puedo ayudarlo en algo, nomás dígame.
  ― ¡Sólo Dios podría acabar con mis sufrimientos para siempre!
 ―Cierto, pero ¿sabe qué?… Diosito ya lo oyó.
   Lo último que escuchó después de los disparos, fue el eco de unos pasos alejándose.



Texto aparecido en el libro: Primeras armas (IMCS, 2007)

sábado, 2 de agosto de 2014

El nuevo arte del boxeo.








El nuevo arte.
                                                    Por el poeta del deporte
    Es un virtuoso que hace de su oficio filigrana y polvo de sus rivales. Un genio que, cómo escultor que moldea la roca con su cincel, acaba golpe a golpe con la sana apariencia de sus oponentes. Su obra final  son hombres en ruina, piltrafas. Han producido sus puños más personajes trágicos que Sófocles; estos papeles, huelga aclararlo, son representados por sus contrincantes.
   ¿Quién lo diría? sus contiendas recrean el origen de la música. Éste arte no nació con el paso del viento a través de arbórea fronda o por estrechos canuto, no, la música se originó en las percusiones. Los puños de éste pugilista extraen a sus adversarios, cómo las mazas a los bombos, rotundos sonidos que, unidos al bullicio del público, amalgaman una salvaje melodía que excita y enloquece.
   Su forma de colorear el lienzo al que en forma de púgil se enfrenta, lo iguala a un pintor  que usa rojos y morados a pasto, que derrocha tonos carmesí en la faz del rival.
    Sus peleas terminan siempre con el adversario en  el piso. Aunque el final sea reiterativo, vale la pena verlo desplegar su habilidad. Su grandeza no está en las victorias, sino en su capacidad para crear un arte nuevo: el arte del boxeo.


   San Antonio, Texas 1855.
                Fragmento de la novela Cuando vuelvan los gorriones (Ramón Cortez Cabello, UAdeC 2008).