martes, 20 de octubre de 2015

Un maestro.













Un maestro.
                                                                                                      Por Ramón Cortez Cabello
   Tendría poco más de cuarenta años, era muy moreno y a duras penas llegaría al uno sesenta de estatura. A finales de los setenta llevaba largo el pelo entrecano. Lo recuerdo vistiendo gastados pantalones de mezclilla azul, camisa clara a rayas y un saco deportivo oscuro que, para el calor tamaulipeco, significaba una osadía. Bajo el brazo llevaba un legajo del cual siempre amenazaban con volar las hojas desparpajadas contenidas en el fólder. También cargaba muchos libros de diverso tamaño y grosor, siempre viejos y de portadas marchitas. Parecía más alto y fornido de lo que era y sin duda se sentía satisfecho de su aspecto. Era jovial y se dirigía a los alumnos con la blandura de quien sabe que las letras con alegría entran. Más inoculaba el germen bueno de la literatura siendo cómplice entusiasta en el recorrido de libros y autores, que guiando las lecturas de sus discípulos.
   Le decíamos Quetzalcóatl porque esa palabra era lo bastante indígena como para enfatizar su origen étnico. Ignoro si quien le adjudicó el apodo conocía la historia de la deidad, pero de lo que sí estoy seguro es de que él, “nuestra” Serpiente emplumada, sí la sabía y habría estado orgulloso de llevar por nombre aquel mote.

   Nunca supe cómo se llamaba en realidad aquel maestro de español de la prepa uno de Nuevo Laredo, pero para mí siempre será Quetzalcóatl. 

viernes, 25 de septiembre de 2015

RTUP




RTUP
                                                   Por: Ramón Cortez cabello



  Cuando me puse a mirar aquella puerta, ya tenía rato perdido en el hospital. Faltaba poco para que iniciara la primera clase del curso de urología y no daba con el sitio donde sería impartida. Sospechaba que aquel acceso era el del salón porque estaba cerrado y no había nadie cerca, como si en su interior estuviera a punto de iniciar una cátedra. Cuando la entrada se abrió de improviso, me di cuenta que no sería allí la clase. A través del resquicio que quedó entre el marco de la puerta y el hombrón vestido de cirujano que ocupaba casi todo aquel espacio, vi que se trataba de un pequeño quirófano.
   “¿Dónde está Clarita?”, preguntó el médico sin dirigirse a nadie, luego salió al pasillo mirando a uno y otro lado. Sobre el traje quirúrgico verde portaba un delantal amarillo de plástico, dicha cubierta estaba jaspeada de sangre y agua. Por un instante tuve la impresión de estar frente a un tablajero y no ante un médico. Cuando salió por completo de la sala, tras él salió una vaharada caliente, espesa y asfixiante. Fue entonces que pude ver el interior de la estancia. Miré a un paciente en posición de litotomía; a sus piernas, pubis y abdomen los cubrían unos campos azules; sólo podía ver parte  de sus muslos fofos de viejo y el oscuro escroto que resaltaba en la blancura de sus piernas. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue el pene. Me impresionó ver aquel falo basculando angustiosamente con un pesado instrumento metálico inserto en su uretra. El cromado artefacto tenía cierta semejanza con una pistola. No me explicaba cómo aquel grueso aparato podía caber en sitio tan estrecho. Empecé a sentirme mal, en forma instintiva apreté las piernas y un frio vacio anidó en mi estomago.
  Como el médico no encontró a Clarita se encogió de hombros, volvió a la sala y manipuló con destreza el artefacto que tanto me había afectado. El vacio en mi abdomen se hizo mayor y la presión que imprimí a mis piernas ya no me alivió. El acabose vino cuando el urólogo sacó una parte del instrumento del pene quedando en éste un grueso tubo por el cual brotó un caudaloso chorro de agua roja que le manchó más el delantal. Aquella especie de eyaculación monstruosa quedó grabada por siempre en mi mente. “Cierra la puerta”, escuché a lo lejos al cirujano; obedecí como autómata y, por un instante, recargué mi cabeza sobre la puerta, luego me fui a clase.

   Fue la primera resección transuretral de próstata (rtup), que vi. No hubiera creído que seis años después sería urólogo y que aquella cirugía sería de mis procedimientos favoritos.

viernes, 21 de agosto de 2015

Diccionario Lexicoon.

Un gran orgullo que el Diccionario y Traductor Lexicoon utilice un fragmento de mi libro, "Cuando vuelvan los gorriones", para ilustrar el uso de la palabra frasquerío.https://plus.google.com/114505177401738277471/posts/RfEcjYmVpti

sábado, 30 de mayo de 2015

Cuentos en corto: 3.









El jardín
                                                               Por Ramón Cortez Cabello.

      Pasto recién cortado, oloroso, parejo cómo paño de mesa de billar. Cipreses en espiral intentando llegar al cielo. Setos de agudos ángulos forman laberintos donde se pierde la esperanza. Unas dalias están prisioneras en pequeños rombos de terreno; hay rosales colmados de flores tristes, en el follaje de los arbustos están esculpidas las figuras de animales temerosos.

   Un jardín, para las plantas, puede ser una sala de tortura. 

sábado, 2 de mayo de 2015





CUENTOS EN CORTO.
                                                                                  Por Ramón Cortez Cabello

   Bajo el título precedente inicié el pasado treinta de abril la publicación de unos pequeños y ambiciosos textos. Se trata de líneas breves que pretenden ser cuentos. Oraciones toscamente hiladas que aspiran a poseer algún mérito para merecer la lectura cómplice e indulgente. Aquí les comparto el segundo de la serie.








Damocles

   El palacio  descubierto en Siracusa estaba bien conservado. En la estancia real señoreaba el trono; encima del techo colgaba una espada sujeta por un cordel. Mientras Harper  descifraba las palabras grabadas en el sitial, los demás arqueólogos veían el acero oscilante.
 ― “D…, empezó a leer el investigador,  ¿Dionisio?”...  ―aventuraba el explorador cuando la hoja cayó atravesándolo lado a lado.

   Tiempo después los colegas del difunto se asombraron al descifrar la inscripción en el trono: Damian Harper.

jueves, 30 de abril de 2015

La ejecución.






La ejecución
                                                                Por Ramón Cortez Cabello.
   Serrano estaba todo quemado, de las flictenas de su piel salía vapor blanco. Aunque siempre fue bravo, no pudo ayudar a sus camaradas. Sólo esperaba el final.
   Lechuga fue zambutido en un tambo con agua. Lo sacaron después de un rato; mejor ahí se hubiera quedado: a cuchilladas lo hicieron pedacitos. También pepenaron a su amiga, la que presumía de estar bien parada. A tirones le arrancaron la melena, la desollaron y la cortaron en pedazos… pedazos muy pequeños. ¡Pobre zanahoria!

   Bien lo decía mi madre: ¡Dios te libre, Brocolito, de caer en manos de un vegetariano! 

sábado, 21 de febrero de 2015

Mi amigo boxeador


















Mi amigo boxeador.
Por Ramón Cortez Cabello.

   Hace más de veinte años, en Nuevo Laredo, estaba viendo el box, hacía un calor que ni la cerveza alcanzaba a matizar. Me sorprendió muchísimo ver en la pantalla a mi amigo Mario Coronado Gómez; estaba dándose de golpes con un tipo al que apodaban el Baygón.
   La pelea era encarnizada, puro dame que te doy, ninguno de los boxeadores cejaba en su intento de noquear al otro.  Mientras miraba el intercambio de golpes recordé mis años en la Facultad de Medicina de la UANL, su vieja biblioteca y las noches que pasé en ella, en parte estudiando, parte viendo a las muchachas y mayormente durmiendo. Muchas de esas veladas las compartí con Mario.
   Fue durante un torneo de box organizado en la facultad (si, en la escuela de medicina), donde Coronado descubrió su talento boxístico. De carácter reservado, tranquilo y hasta tímido mi amigo se inscribió en dicho certamen más empujado por el entusiasmo de otro compañero que por las ganas de intercambiar puñetazos. Me tocó a mí, junto con otro amigo, El Chilango, oficiar como su second en ese torneo. Recuerdo que íbamos rumbo al ring, los seconds caminábamos con la tranquilidad de saber que no recibiríamos ni un rasguño, Coronado iba muy nervioso a su primera pelea. No era de pleito y básicamente  ignoraba cuándo o en qué momento tirarle golpes a un rival al que tenía más ganas de dispararle un refresco que puñetazos. El Chilango se lo aclaró rápidamente:
  ―En cuanto suene la campana tú dale de putazos.
   Mario no siguió la sabia indicación de nuestro amigo, se veía engarrotado, los brazos pegados al cuerpo, estudiaba a su rival dando vueltas sobre el ring, no se animaba a atacar primero. Fue hasta que el adversario tuvo la mala idea de tirar un golpe que algo mágico sucedió. Con un elegante movimiento de cintura Coronado esquivó el golpe y, en una acción fulgurante, con un volado de derecha a la mandíbula envió a su rival a la lona, completamente noqueado. Había nacido un boxeador. Así inició su carrera pugilística, por supuesto ganó ese torneo, después un estatal y luego se hizo profesional. La pelea que vi por televisión la perdió por decisión.
   Por mucho tiempo le perdí la huella, terminé la carrera, hice la especialidad, estuve en Nuevo Laredo, luego me vine a Saltillo, pasaron cerca de diez años luego de que lo vi en televisión. Un día un compañero del hospital me dijo:
  ― ¿Ya viste a Coronado?
  ― ¿Qué Coronado? –pregunté a mi vez.
   El nuevo urólogo…  preguntó por ti –respondió-. No sé qué me sorprendió más, si saber que había un nuevo especialista en el hospital o que éste me conocía. Traté de recordar a un urólogo de apellido Coronado y no pude. Si me hubieran dicho que éste se llamaba Mario, lo habría recordado de inmediato.

   Fue una gran sorpresa verlo después de veinticinco años. Siempre es una alegría saludar a un buen boxeador,  a un excelente urólogo, pero sobre todo un gran amigo.